domingo, 16 de septiembre de 2012

cuba, las dos orillas







                                                         CUBA, UNA CULTURA Y DOS ORILLAS.

Rafael Carralero



La historia de la humanidad, en cualquiera de sus momentos, parece haber dejado suficientemente claro que toda unión falsa entre pueblos de diferentes culturas termina yéndose a pique,  casi siempre, dejando tras la ruptura un baño de sangre o, cuando menos, un desastre de grandes magnitudes. Lo mismo ha ocurrido con las falsas separaciones, es decir; las desuniones forzosas. Ocurre  que los pueblos por sí  mismos ni se unen ni se separan de forma innatural. En todos los casos ha sucedido que esas uniones o separaciones han sido impuestas por vías políticas, militares o de otro signo.
  Para no ir muy lejos en el tiempo, todavía tenemos cercanos casos como la Unión Soviética, Yugoeslavia, Checoeslovaquia, entre otras uniones que han desaparecido cuando más compactas parecían, cuando habían creado ciertos valores o códigos comunes. Se deshicieron,  porque no existían las raíces culturales comunes que los identificasen de manera natural.
  Vietnam y Alemania son ejemplos certeros de lo contrario; ni determinaciones políticas ni muros fueron suficientes para mantener las falsas separaciones de esos pueblos que sólo mantenían distancias impuestas por los políticos, por la ideología que obedecieron a circunstancias histórica o a propósitos insanos, que insistieron en separar lo que resulta inseparable o unir lo que es imposible.
  En ese sentido recuerdo que alguna vez una socióloga alemana me dijo que aunque se dijera lo contrario, había dos Alemania que no tenían que ver una con la otra. Cuando le refuté argumentando que si acaso existían dos tipos de alemanes, ella me contestó que había dos concreciones culturales diferentes. Luego me dijo que yo no conocía suficientemente a su país. Cinco años después el muro de Berlín había volado en pedazos y los alemanes de una y otra parte siguen siendo lo que siempre fueron: alemanes.
  Los vietnamitas se unieron después de una guerra sangrienta que implicó derrotar  a la primera potencia militar del planeta.
  La división de los coreanos del sur y del norte, es un volcán dormido, que con frecuencia hace erupciones y no tardará el día en que explote definitivamente. Sobran las historias patéticas de familias coreanas que se han encontrado decenas de años después de haber sido separadas por las circunstancias políticas que partieron en dos aquel territorio. Esos reencuentros han tenido como fondo el doloroso hecho de que, probablemente, será también despedida definitiva. Uno puede preguntarse si se justifica el sufrimiento de esa separación familiar lacerante, inhumana, por razones estrictamente políticas. Los hombres no son corderos que aceptan buenamente que sus pastores los lleven al corral que les convenga e imponerles una adaptación que con seguridad será breve. El trasplante, el desarraigo tiene para el humano consecuencias fatales e irreparables.
  Al pueblo cubano le ha ocurrido, poco más o menos lo mismo, gracias a una frontera ideológica y una beligerancia que pareciera eternizarse entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba. El resultado ha sido el dolor, la separación familiar y con frecuencia la muerte. Ha sucedido durante medio siglo y ese tiempo en la historia parece un saltito, un sueño fugaz, pero en la vida de los hombres es todo, o casi todo.
   Cincuenta años viene siendo el tiempo consciente y útil del ser humano, de manera que la lectura de la historia puede recoger un período así como algo insignificante, pero para un individuo es el principio y el fin. Ese es el tiempo que separa, que divide en cierta forma, y lacera a millones de cubanos. Las razones políticas que lo explican son muchas, tal vez poderosas, pero las humanas no permiten justificaciones o explicaciones posibles. Porque el que tiene un hijo, el padre o la madre del otro lado, sufre, aunque las circunstancias lo obliguen a disimular.
  Ya sabemos que la historia es tal como se ofrece y no es posible acomodarla al modo en que alguien o muchos quisieran después que los acontecimientos ocurren, eso sería magia, no historia, pero los aconteceres de los últimos cincuenta y tres años en Cuba pudieron ser menos lacerantes si la voluntad política hubiese sido menos agresiva, digamos, un poco más humanista.
  La Revolución cubana fue un hecho legítimo si tenemos en cuenta el pillaje, la corrupción, el entreguismo y las dictaduras que le precedieron. Su triunfo, aunque muchos quieran desvirtuarlo o minimizarlo fue un hecho grandioso; uno de los acontecimientos que conmovieron al mundo, y que implicó una mirada hacia la isla caribeña desde todas latitudes. Esa revolución, que como todas las revoluciones tiene un ciclo de existencia finito, corto, más bien, abrió lo que podríamos llamar un proceso revolucionario que permitió, exigió e impuso alternativas. Ese proceso condujo a cosas extraordinarias, como puedo ser la campaña de alfabetización y una revolución en términos de la educación y salud. Otros muchos logros pudieran señalarse, pero también pueden cuantificarse las barbaridades, los errores, las desgracias que fueron apareciendo y que para los extremistas es lo único que existe, aunque todavía la historia no le ha pasado cuenta a esa parte del acontecer, donde la grandeza revolucionaria va declinando hacia un ejercicio de poder que tiene muchas aristas indeseables.
  Quiero, sin embargo, detenerme aquí para ver la otra cara de la moneda. Los gobernantes estadounidenses, con su aparataje imperial no pudieron aceptar que a noventa millas (lamentable cercanía en este capítulo de la historia) se alzase una revolución triunfante, mucho menos que atentase contra sus intereses creados en la isla durante muchas décadas; de ninguna manera que tomara el rumbo del socialismo y que se aleara a la Unión Soviética.
  Se radicalizó una guerra sostenida, un embargo económico injustificado y lamentablemente apoyado por la mayoría de los cubanos de las primeras oleadas de exiliados, entre los que estaban ciertas figuras involucrados con la dictadura de Batista. Había otros, no pocos, a quienes les fueron intervenidas sus propiedades. No voy a detenerme ahora en  consideraciones sobre lo que todo el mundo sabe; la enorme  y entendible irritación de las personas que hicieron un capital, no mal habido, en los casos que así ocurrió, y vieron escaparse de sus manos el fruto de su empeño. No era de esperar que aceptaran de buenas ganas que les fuera quitado lo que habían creado, probablemente con esfuerzos y sacrificios. No hace falta decir tampoco que Estados Unidos, sus gobiernos sistemáticamente, emprendieron contra la isla y sus dirigentes, eso es más que sabido. Es sabido también que nadie tiene derecho a intervenir en la soberanía de otros pueblos, aun cuando en estos tiempos sea pan de cada día.
  Aquellos que fueron despojados de sus propiedades se fueron del país, con las manos vacías y calificados de “gusanos”. Es obvio que no han olvidado ni perdonado, pero ya van siendo minoría abrumadora dentro del espectro de la migración cubana. En la isla, durante los años del gran entusiasmo que implicó una revolución que dijo convertir al pueblo desposeído en dueño absoluto de los bienes confiscados, el calificativo de gusano para los que se iban les pareció perfecto, pero ese calificativo llevaba consigo el de traidor a la patria, lo que significaba ruptura total. Muchas familias, podríamos decir que en cantidad inestimable, se distanciaron y ese distanciamiento pareció a muerte. Pero los años pasaron; la gente no se sintió tan dueña como se les dijo y de uno y otro lado fueron palideciendo los rencores para darle cause a la nostalgia.
 De pronto los “gusanos” dejaron de serlo para convertirse mariposas que llevaban en sus alas ciertas bisuterías y algunos dólares para mejorar la vida de sus parientes. Las dos orillas ya no parecieron tan distantes y el abrazo familiar ha ido recomponiendo lo que es indestructible.
Cabe señalar aquí que ese fenómeno inicial de intervenciones de las propiedades y la consecuente fuga de miles de cubano, abrió una página lamentable de esta historia, probablemente determinante de todo lo ocurrido después, y que hemos venido comentando. Las intervenciones, que culminaron en la “ofensiva revolucionaria”, implicaron el paso más desastroso y lamentable de la política económica del gobierno revolucionario. Me atrevería a decir que significó un parte aguas, en la historia  cubana de estas últimas décadas. Además del desastre en la economía, profundizó el descontento de miles de personas, aceleró la fuga migratoria y, desde luego, se terminó de cercenar la familia. La cultura cubana sufrió un golpe contundente, aunque muchos traten de negarlo. La fuga misma tuvo esa implicación, pero se produjeron en el país desapariciones o mutilaciones de muchas tradiciones que eran consustanciales a la cubanidad. Eran tradiciones que mucho tenían que ver con las familias, las comunidades y que, a ratos, se sustentaban en los aportes que ciertos sectores de la propiedad privada  les hacían. Claro que esta ruptura de tradiciones, que afectó esencialmente a las comunidades, requiere de un trabajo particular, pero no exagero si afirmó que la estandarización de celebraciones, reuniones comunitarias y familiares le dio un duro golpe a la diversidad y, en consecuencia a la riqueza cultural de los cubanos.  
   Nos interesa ahora abordar lo que fue derivando de aquel enfrentamiento entre la potencia del Norte y la isla caribeña en términos de la sociedad y la identidad cubanas. El primer efecto en ese sentido fue la división artificial del pueblo cubano; separación ideológica, entendida como los buenos y malos según la orilla de que se trate. Decimos orilla, porque a no dudar la sociedad cubana tiene hoy dos orillas: los de adentro y los de afuera. Dos orillas que cada vez se acercan y, como los casos antes mencionados y los múltiples que no hemos referido, terminarán por unirse, lo que empieza a notarse sin mucho esfuerzo. Ocurrirá porque parece un imperativo ineludible del acontecer histórico.
   Está claro que no será una cuestión fácil, nada que esté determinado por gobiernos o instituciones oficiales lo es; sucederá porque, como si respondiera a una ley universal, los pueblos divididos regresan la unión. Ocurrirá porque se trata de un asunto de la sangre, de la familia y, sobre todo, de la identidad; una  cuestión cultural, cuyas magnitudes pueden ser ignoradas en determinadas circunstancias, pero terminan siempre imponiéndose por encima de ideologías o estrategias políticas.
  Falta ver como en ambas orillas se va comportando esta exigencia natural e histórica, habrá que ver el modo en que de una y otra parte se irán derrumbando “los muros”. Los cubanos están en todas partes, hasta en las pirámides de Egipto rentando camellos. Soy de los que creen que donde quiera que haya un cubano estará Cuba y su cultura. Pero justamente, la parte más difícil de ese “muro” que volará en pedazos, estriba en conseguir que los de adentro acepten que los de afuera son parte del pueblo cubano, que la cultura cubana no puede ser vista en su totalidad y dimensiones sin las comunidades que viven fuera de la Isla, porque aunque desde el punto de vista de los intereses políticos sea fácil decirlo, la verdad es que el hombre puede cambiar de escenario donde realiza sus acciones cotidianas, puede vestir diferente y hasta comportarse diferente en determinadas circunstancias, pero generalmente no cambia la identidad, no se desprende fácilmente de los valores más profundos que lo identifican con la comunidad humana a la que pertenece (en este caso nacionalidad). La negación de una orilla a la otra no hará más que retardar un proceso cultural inminente de reunificación. No hará otra cosa que ponerle freno a una pluralización que es inmanente a esa determinación histórica que es el reencuentro. Debo dejar claro que estoy pensando en la nacionalidad, no hablo de nación. Entre ambos conceptos hay una diferencia enrome. Las naciones pueden ser el producto de una imposición convencional de fronteras o soberanías  entre comillas, etc. Nacionalidad es otra cosa, implica siempre, no circunstancialmente como las naciones, identidad; valores y códigos culturales comunes, que identifican a los integrantes de una comunidad y los une sin otras determinaciones que no sea esa identidad de valores, ideas, conceptos y formas de expresión que les identifica de otras.
Creo ver que el mayor obstáculo para que ocurra la unión no está en el pueblo, ni en la intelectualidad que le representa, puede que se encuentre en la oficialidad radical, si hablamos de la isla y del sector también radical del exilio. No es fácil para las esferas oficiales aceptar que aquellos que durante años han sido marcados con las calificaciones más degradantes, como gusanos y escorias, puedan de pronto integrarse a la comunidad cubana, globalmente vista. Difícilmente se acepte que la cubanidad, la identidad cultural del cubano se expresa en ambas orillas y que la mutilación de una de las partes es un error de fondo y una falsedad que tiende a derrumbarse por su propio peso.
  La otra orilla, la que está fuera, tiene sus “orillitas”, es decir, hay comunidades importantes en otras partes del mundo, aún cuando la de Miami sea la más significativa. Hay en España una comunidad cubana de peso, las hay en menor o mayor medida en otras partes del planeta, y habría que subrayar la de México por sus características diferenciadoras, lo cual abordaremos en otro trabajo. 
  Ya sabemos que este conflicto no puede ser analizado sin lo que en él tienen que ver los gobernantes de Estados Unidos desde los inicios de la década de los sesenta, pero reitero que es problema sabido e implicaría otro trabajo diferente. Allí hay culpas y determinaciones que se vienen analizando hace muchos años.
  Insisto que por ahora nos interesa profundizar sobre algunas particularidades de estas dos orillas y su macha a la reunificación, aún cuando puede preverse que si la división o distancia entre ambos es compleja y peculiar, también ese reencuentro definitivo será singularmente engorroso.
   Creo que las perspectivas de un enfrentamiento violento, como ha ocurrido en otros casos, se van quedando atrás, a pesar de resentimientos y malos recuerdos que abundan. Ese peligro parece debilitarse, aunque no hay que desestimar el nivel de descontento que ha crecido en la Isla y la intolerancia de los radicales de Miami, que han impuesto de facto, sin que exista regulaciones legales o de otro tipo, una especie de legitimación del lenguaje radical como condición para ser percibidos como exiliados y contar con la perspectiva de que se le abran puertas.
  Hay aquí un juego del tiempo; el hecho de que el exilio inicial se esté quedando fuera de ese juego, y que, por razón parecida, el gobierno cubano está siendo y será reemplazado por generaciones más jóvenes, implicará que las cosas sean vistas de otro modo y se termine aceptando que los cubanos lo son, donde quiera que estén. Ahora bien, esto hay que verlo desde las partes. En Miami persiste todavía la idea de la mano dura, la que apoyada por la oficialidad estadounidense y guiada por cubanos en el Congreso de aquel país, siguen pensando en presiones, embargo y otras hostilidades, que según ellos va dirigida al gobierno de la Isla, sin que parezcan estar dispuestos a entender que quien sufre las consecuencias es el pueblo, y sobre todo, los más desposeídos, los que menos tienen, los que no acceden a ayudas de sus familiares en el exterior. Sin entender tampoco, que en cincuenta y tres años, el procedimiento de la intolerancia y ataque frontal les ha fallado. Existe sin dudas esa posición, que ya es minoritaria en términos poblacionales, pero con presencia económica y política de mucho peso en la nación del norte. Sin dudas esta “esquina” del exilio arrastra a muchas personas resentidas, poco pensantes y capaces de identificar a los millones que viven dentro de la Isla como cómplices o acólitos de un gobierno que odian. Para ellos los de adentro son traidores o cuando menos sumisos que merecen cualquier castigo, aunque digan otras cosas en público para ser percibidos como incluyentes, en relación al pueblo y la cultura cubanos. En el ámbito  de quienes los lideréan, en esa posición están los que convirtieron la política en negocio y, aunque lo aparenten, no están demasiado preocupados por la identidad cubana y su reunificación.
  Hay en Miami un sector indeterminado, entre los que se encuentran intelectuales, que les aterra cualquier contacto con Cuba, critican y hasta agreden a los artistas cubanos que van de gira por aquella ciudad, con frecuencia en este sector aparecen también resentidos y personas que no precisamente son capaces de valorar conceptualmente el asunto y que hacen méritos con quienes se erigen como líderes  en el terreno de la radicalidad. Reitero lo dicho anteriormente; imponen la aceptación de facto de su lenguaje como salvoconducto, como si debiera entenderse que para ser parte de la comunidad cubana de Miami es indispensable la radicalidad y la actitud hostil hacia todo lo que tenga que ver con la Isla.
  Sin embargo, hoy día la mayoría de la comunidad cubana de Miami no participa en nada que atente contra la Isla, en todo caso aparentan y buscan acomodo en la sociedad. Son personas que emigraron, muchos por razones económicas, pero aún cuando haya sido por antipatías con el sistema, ahora viven metidos en sus trabajos, tratando de darle un “esquinazo” a la escasez y a las limitaciones económicas que vivieron en Cuba. Trabajan sin descanso, hablan poco de política y tratan de educar a sus hijos. Esas personas “cargaron con sus pueblos”, siguen manteniendo sus costumbres y sus sueños, que llevaron sobre los hombros desde Caibarién, Palma Soriano, Jatibonico o el pueblo de donde proceden. Esperan con júbilo el momento de hacer una viaje a la Isla para encontrarse con la familia y mejorarles sus vidas.
Comen el mismo congrí, los mismos frijoles negros, el mismo ajiaco y la yuca que comían en sus
pueblos de origen. Celebran los cumpleaños y hacen las cenas de fin de año como solían hacerlas
 en Cuba. Estas personas se reúnen, juegan dominó, hablan mutilando letras y sílabas como lo
hacían en la Isla. Nada ha cambiado para ellos que no sea el escenario y el modo de buscarse el dinero para vivir. Nada de actitudes recalcitrantes, nada de odios, ni deseos
perversos hacia la Isla, aunque mantengan cierto juicio crítico sobre lo que les parece injusto.
  Veamos la otra orilla, es decir, la Cuba; allá también podemos ver vertientes bien definidas en su apreciación sobre los exiliados, refugiados o como quiera llamárseles a los residentes cubanos en Miami. Aquello de “gusanos” y “escorias” ha ido desapareciendo de la conciencia popular. La mayoría del pueblo  de hoy no vivió o no tiene recuerdos de los primeros tiempos, en los que imperialismo y exilio cubano tenían la misma connotación; eran los mismos enemigos. En la actualidad es difícil encontrar familias que no tenga a alguien cercano del otro lado, y que no reciban ayuda de ellos, es improbable suponer que acepten para aquellos los insultantes  calificativos y los vean como enemigos.
  Otra visión dentro de Cuba es la oficial, la que el pueblo finge aceptar o desestima, pero que sigue latente dentro de las esferas políticas más radicales. Es cierto que el gobierno en Cuba ha flexibilizado sus vínculos con la comunidad en el exterior, incluso con la de Miami. Es cierto que lo de “gusano” y “escoria” ha dejado de usarse en el lenguaje oficial, sin que ello implique que no haya un calificativo globalizador para los de Miami, porque cuando se habla de guarida de traidores o de mafia indeseable, no se hacen exclusiones y muchos de los inocentes pueden sentirse incluidos.
  Hace años viene ocurriendo que muchos cubanos que inicialmente se fueron a otros países, han hecho todo lo posible para seguir el camino hasta Miami ¿lo hacen acaso porque allí está la guarida de la mafia o el modo de insertarse en organizaciones conspirativas contra el gobierno de la isla? Nada más lejos de la verdad, van allí para reencontrarse con su gente, con sus familiares y amigos o simplemente para convivir con la comunidad cubana, que de cierta manera los hace sentir en casa.
  El caso es que en Cuba, no puede negarse, se le dio magnitud política a la migración; todo el que ha salido a vivir a otras partes, cuando menos es visto con recelo, es sospechoso o anda bordeando el camino de los traidores. Puede que en esto consista el más grave error de apreciación. Todos los países del “tercer mundo” tienen grandes migraciones de tipo económico, intelectual, etcétera; miles de personas se van para  cambiar su destino o conocer otras latitudes o para reunificar familias, sin que por ello sean considerados traidores ni sospechosos. Eso le molesta mucho a la comunidad cubana que vive fuera de la isla, sin excepción; la mejor o la peor, si en esos términos pudiésemos hablar.
  Los emigrados de cualquier parte del mundo mantienen sus derechos ciudadanos, no se les arrancan sus prerrogativas por decreto, por consigna o por acciones administrativas de facto, porque nadie tiene derecho a la exclusión. Ni gobernantes, ni partidos políticos ni ideología alguna, están en derecho de suprimir el derecho del otro, a lo que le corresponde de manera natural e histórica: ser un ciudadano de su país, donde puede entrar y salir según sus deseos y posibilidades sin que nadie tenga que darle autorización. Un salvadoreño, guatemalteco o mexicano, por poner algunos ejemplos, no son menos ciudadanos de su país en dependencia de dónde eligen residir, incluso se ponen en marcha programas, más o menos eficaces para defender los derechos de los emigrantes frente a otras naciones. Lo contrario ocurre en Cuba y es algo que hay que eliminar a favor de la unión de la sociedad cubana y de su cultura, en el entendido que hemos venido hablando. La definición de compatriotas, que al estilo cubano puede identificarse como hermanos, es más poderosa y genuina que la división entre señores los de afuera y compañeros los de adentro. Podría entenderse que el estado de beligerancia con Estados Unidos durante los primeros años de la Revolución cubana, que tuvo como aliados fundamentales al exilio, propiciara esa separación radical. Las hostilidades no han desaparecido, pero los tiempos han cambiado y también cambió la composición migratoria y no precisamente ha cambiado, como debiera, la percepción oficial sobre ese asunto. No tengo dudas de que muchos de los cubanos que lean estas consideraciones dirán o pensarán: “lo nuestro se justifica por razones de seguridad”, pero habría que preguntarse si no estaríamos más seguros con una política migratoria más conciliadora y un pueblo más unido, para que las orillas no se repelan, se complementen para conducir el rumbo de la historia. Si la comunidad cubana en el exterior tiene una presencia económica importante a través de las remesas, no parece moralmente sostenible que se les impongan limitaciones y se les trate como “ciudadanos de afuera”.
  Lo que tampoco ha cambiado mucho es la radicalidad de grupos de la otra orilla, la de Miami; para aquellos también son sospechosos y candidatos a enemigos los que están en la isla, e incluso los que viajan con frecuencia o tienen contacto de algún tipo con Cuba, incluyendo contactos culturales. Incluso muchos de los que intelectual y humanamente no coinciden con ellos, se extreman en cautelas, pues no quieren que los identifiquen con estas personas o instituciones que se vinculan de alguna manera con la Isla. Muchos de aquellos que en la intimidad son comprensivos y hasta simpatizan con la idea de la convivencia y el reencuentro definitivo, cuando están en público prefieren callar o usar un lenguaje que los acerque a los radicales, las razones ya las hemos expuesto con anterioridad. Quiere decir que aunque la composición social es otra, el escenario sigue dominado por los radicales que ostentan el poder de alguna manera; económico o político, con frecuencia ambos. Pero hay que saber diferenciar las características de los escenarios con la realidad social que se mueve en otra dirección.
  Ese proceso de acercamiento definitivo, de reunificación, si así se le puede llamar, en el caso concreto de Miami y Cuba, necesita liberarse de dogmas, de oportunismos y muchas simulaciones. Los radicales del exilio acostumbran a hacer “tabla raza” en su enjuiciamiento a Cuba, se hacen inventarios constantes de las desgracias, se usa el calificativo de comunista para eliminar todo posible análisis objetivo de las cosas; para ellos no hubo campaña de alfabetización seguida de un proceso educacional que tiene sus magnitudes incuestionables, aunque no falten los grandes errores y defectos, como fue, por poner un ejemplo, la escuela en el campo. Lo cierto es que el pueblo cubano es generalmente instruido, pensante, capaz, y en gran medida tiene que ver con ese proceso que de pronto se intenta borrar. Hay un tipo de libertad, la interior, que le permite al hombre definir sus motivaciones y conceptos, la que lo aleja del oscurantismo y las manipulaciones  extrañas y lo hace más franco, abierto y apto para asimilar conocimientos; esa condición intelectual está en el cubano de hoy y, en buena medida, se debe a su nivel de escolarización, aunque no significa que sólo encontramos tal condición en el cubano que está en la Isla.  Muchos de los exiliados prósperos han lograda esa prosperidad gracias a la instrucción que se llevaron al exilio. El hecho de que la gente haya contado con salud gratuita y un servicio médico que propició una ética alta e incuestionable entre los profesionales de la medicina es también cosa que no puede ignorarse. Como sería absurdo negar que millones de miradas de simpatía se volvieron hacia Cuba por la defensa de su soberanía a toda costa.
  Claro que los radicales de “adentro” no pueden ignorar que el hombre necesita de otras cosas para ser feliz, pues su bienestar, su  tranquilidad no se reducen a educación, salud y   soberanía. El hombre requiere de muchas cosas más; digamos que libertad para estar donde quiere, hacer su vida a su modo, sin que nadie se la organice, tiene necesidad de decir, disentir, discrepar públicamente, y ser respetado por lo que dice y piensa. Tiene derecho a vivir alejado de compromisos políticos si así lo desea. Viajar libremente es un sueño eterno del hombre.  Es necesidad conocer otras cosas y hacer contacto con otras realidades y otras culturas, es imperativo de la conciencia, e incluso de la inconciencia, porque en cierta forma es intuitivo; por eso desde su origen el hombre anduvo, deambuló, emigró y conquistó espacios. De manera que más allá de la búsqueda de acomodo, la migración se expresa como acción vital de la condición humana para propiciar encuentros y descubrir otras formas de existencia, que no necesariamente representa renuncia de su identidad.
Es un derecho elemental, organizar la vida económica y social de acuerdo a las capacidades y aptitudes de cada quien, sin que nadie le indique en cada caso qué cosa es buena o mala.
 Nadie debe poner en dudas el papel del liderazgo para marcar rumbos en condiciones complejas de la existencia, pero pocos son los que aceptan que se le impongan la filosofía o el criterio de otros, porque las posiciones de poder no hacen a ese otro infalible. La política es aceptada como convencimiento y rechazada siempre como imposición.
  Los radicales de Cuba tienen que entender de una vez que cincuenta y tres años es el total de la vida activa y útil de los individuos; de aquellos que tienen la suerte de ser longevos. Han de entender que la ideología no es todo, no puede ser vista como la esencia de la condición humana. Cincuenta  y tres años sin tener la opción de moverse a cualquier parte sin perder los derechos ciudadanos es demasiado.
  Si algo de Cuba sigue siendo asombro del mundo es su lucha por la soberanía, esa lucha es parte de su cultura y su identidad, pero no les basta a las personas comunes. También la historia registra casos donde se conquistó la soberanía y no por ello se logró edificar sociedades convenientes, es decir, sistemas aceptados por los pueblos. Defender la soberanía es virtud que enaltece la condición humana, pero si el precio es el sacrificio de toda la vida, los hombres terminan por desentenderse de aquella.
  Visto el panorama desde la posición de los radicales de ambas orillas pudiera pensarse que no  hay solución, pero estoy convencido de lo contrario, porque las determinantes no son, en este caso, individuales, sino sociales y, sobre todo culturales; de identidad. Estoy convencido de la necesidad y la inevitabilidad de la unión, porque como señalamos al principio, la historia ha demostrado que casos mucho más complejos han tenido el final que anunciamos. Es así porque aunque la mayoría no siempre tiene la capacidad para cambiar las cosas de un día para otro, finalmente suelen imponerse, y la mayoría de uno y otro lado, la abrumadora mayoría si sumamos ambas, tienen la voluntad de buscar la reunificación. Las dos orillas llegarán a ser una sola corriente que empuje a la sociedad cubana a un futuro mejor. Siempre quedarán cicatrices, porque los procesos políticos agudos suelen herir profundo, pero las noventa millas son muy poca distancia para que los hombres de una misma cultura se  mantengan distantes. Ni el imperio ni el comunismo, como suelen calificarse de una u otra parte, podrán impedir el destino final; la unidad.
   Decir que negar al hermano es negarse a sí mismo no es dogma o consigna; uno se niega cuando niega lo que naturalmente le pertenece. Las dos orillas de la cultura cubana en las últimas décadas han tratado de negarse y por eso carecemos de un análisis que en lo general o en lo particular unifique estas dos partes que son de un mismo fenómeno. ¿Cómo hablar ahora de cultura cubana en su comportamiento en estos años haciendo exclusiones de cualquiera de esas partes, si es que de partes podemos hablar? No es posible hacerlo en ese comportamiento general que focaliza el quehacer cotidiano de los cubanos, ni en las particularidades de alguna expresión concreta como puede ser en lo artístico o literario, la música, la plástica o cualquier otra forma de expresión. Significa que negación, omisión u olvido, en este caso no cosecha otra cosa inexactitud, falsedad y retraso.

   


   
  

 
 


  
  
 


 



  



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