CUBA, UNA
CULTURA Y DOS ORILLAS.
Rafael Carralero
La historia de la humanidad,
en cualquiera de sus momentos, parece haber dejado suficientemente claro que
toda unión falsa entre pueblos de diferentes culturas termina yéndose a
pique, casi siempre, dejando tras la
ruptura un baño de sangre o, cuando menos, un desastre de grandes magnitudes.
Lo mismo ha ocurrido con las falsas separaciones, es decir; las desuniones
forzosas. Ocurre que los pueblos por
sí mismos ni se unen ni se separan de
forma innatural. En todos los casos ha sucedido que esas uniones o separaciones
han sido impuestas por vías políticas, militares o de otro signo.
Para no ir muy lejos en el tiempo, todavía
tenemos cercanos casos como la Unión Soviética, Yugoeslavia, Checoeslovaquia,
entre otras uniones que han desaparecido cuando más compactas parecían, cuando
habían creado ciertos valores o códigos comunes. Se deshicieron, porque no existían las raíces culturales
comunes que los identificasen de manera natural.
Vietnam y Alemania son ejemplos certeros de
lo contrario; ni determinaciones políticas ni muros fueron suficientes para
mantener las falsas separaciones de esos pueblos que sólo mantenían distancias
impuestas por los políticos, por la ideología que obedecieron a circunstancias
histórica o a propósitos insanos, que insistieron en separar lo que resulta
inseparable o unir lo que es imposible.
En ese sentido recuerdo que alguna vez una
socióloga alemana me dijo que aunque se dijera lo contrario, había dos Alemania
que no tenían que ver una con la otra. Cuando le refuté argumentando que si
acaso existían dos tipos de alemanes, ella me contestó que había dos
concreciones culturales diferentes. Luego me dijo que yo no conocía
suficientemente a su país. Cinco años después el muro de Berlín había volado en
pedazos y los alemanes de una y otra parte siguen siendo lo que siempre fueron:
alemanes.
Los vietnamitas se unieron después de una
guerra sangrienta que implicó derrotar a
la primera potencia militar del planeta.
La división de los coreanos del sur y del
norte, es un volcán dormido, que con frecuencia hace erupciones y no tardará el
día en que explote definitivamente. Sobran las historias patéticas de familias
coreanas que se han encontrado decenas de años después de haber sido separadas
por las circunstancias políticas que partieron en dos aquel territorio. Esos
reencuentros han tenido como fondo el doloroso hecho de que, probablemente,
será también despedida definitiva. Uno puede preguntarse si se justifica el
sufrimiento de esa separación familiar lacerante, inhumana, por razones
estrictamente políticas. Los hombres no son corderos que aceptan buenamente que
sus pastores los lleven al corral que les convenga e imponerles una adaptación
que con seguridad será breve. El trasplante, el desarraigo tiene para el humano
consecuencias fatales e irreparables.
Al pueblo cubano le ha ocurrido, poco más o
menos lo mismo, gracias a una frontera ideológica y una beligerancia que
pareciera eternizarse entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba. El
resultado ha sido el dolor, la separación familiar y con frecuencia la muerte. Ha
sucedido durante medio siglo y ese tiempo en la historia parece un saltito, un
sueño fugaz, pero en la vida de los hombres es todo, o casi todo.
Cincuenta años viene siendo el tiempo
consciente y útil del ser humano, de manera que la lectura de la historia puede
recoger un período así como algo insignificante, pero para un individuo es el
principio y el fin. Ese es el tiempo que separa, que divide en cierta forma, y
lacera a millones de cubanos. Las razones políticas que lo explican son muchas,
tal vez poderosas, pero las humanas no permiten justificaciones o explicaciones
posibles. Porque el que tiene un hijo, el padre o la madre del otro lado,
sufre, aunque las circunstancias lo obliguen a disimular.
Ya sabemos que la historia es tal como se
ofrece y no es posible acomodarla al modo en que alguien o muchos quisieran
después que los acontecimientos ocurren, eso sería magia, no historia, pero los
aconteceres de los últimos cincuenta y tres años en Cuba pudieron ser menos
lacerantes si la voluntad política hubiese sido menos agresiva, digamos, un
poco más humanista.
La Revolución cubana fue un hecho legítimo si
tenemos en cuenta el pillaje, la corrupción, el entreguismo y las dictaduras
que le precedieron. Su triunfo, aunque muchos quieran desvirtuarlo o minimizarlo
fue un hecho grandioso; uno de los acontecimientos que conmovieron al mundo, y que
implicó una mirada hacia la isla caribeña desde todas latitudes. Esa
revolución, que como todas las revoluciones tiene un ciclo de existencia
finito, corto, más bien, abrió lo que podríamos llamar un proceso
revolucionario que permitió, exigió e impuso alternativas. Ese proceso condujo
a cosas extraordinarias, como puedo ser la campaña de alfabetización y una
revolución en términos de la educación y salud. Otros muchos logros pudieran
señalarse, pero también pueden cuantificarse las barbaridades, los errores, las
desgracias que fueron apareciendo y que para los extremistas es lo único que existe,
aunque todavía la historia no le ha pasado cuenta a esa parte del acontecer,
donde la grandeza revolucionaria va declinando hacia un ejercicio de poder que
tiene muchas aristas indeseables.
Quiero, sin embargo, detenerme aquí para ver
la otra cara de la moneda. Los gobernantes estadounidenses, con su aparataje
imperial no pudieron aceptar que a noventa millas (lamentable cercanía en este
capítulo de la historia) se alzase una revolución triunfante, mucho menos que
atentase contra sus intereses creados en la isla durante muchas décadas; de
ninguna manera que tomara el rumbo del socialismo y que se aleara a la Unión
Soviética.
Se radicalizó una guerra sostenida, un
embargo económico injustificado y lamentablemente apoyado por la mayoría de los
cubanos de las primeras oleadas de exiliados, entre los que estaban ciertas
figuras involucrados con la dictadura de Batista. Había otros, no pocos, a
quienes les fueron intervenidas sus propiedades. No voy a detenerme ahora
en consideraciones sobre lo que todo el
mundo sabe; la enorme y entendible irritación
de las personas que hicieron un capital, no mal habido, en los casos que así
ocurrió, y vieron escaparse de sus manos el fruto de su empeño. No era de
esperar que aceptaran de buenas ganas que les fuera quitado lo que habían
creado, probablemente con esfuerzos y sacrificios. No hace falta decir tampoco
que Estados Unidos, sus gobiernos sistemáticamente, emprendieron contra la isla
y sus dirigentes, eso es más que sabido. Es sabido también que nadie tiene
derecho a intervenir en la soberanía de otros pueblos, aun cuando en estos
tiempos sea pan de cada día.
Aquellos que fueron despojados de sus
propiedades se fueron del país, con las manos vacías y calificados de “gusanos”.
Es obvio que no han olvidado ni perdonado, pero ya van siendo minoría
abrumadora dentro del espectro de la migración cubana. En la isla, durante los
años del gran entusiasmo que implicó una revolución que dijo convertir al
pueblo desposeído en dueño absoluto de los bienes confiscados, el calificativo
de gusano para los que se iban les pareció perfecto, pero ese calificativo
llevaba consigo el de traidor a la patria, lo que significaba ruptura total.
Muchas familias, podríamos decir que en cantidad inestimable, se distanciaron y
ese distanciamiento pareció a muerte. Pero los años pasaron; la gente no se
sintió tan dueña como se les dijo y de uno y otro lado fueron palideciendo los
rencores para darle cause a la nostalgia.
De pronto los “gusanos” dejaron de serlo para
convertirse mariposas que llevaban en sus alas ciertas bisuterías y algunos
dólares para mejorar la vida de sus parientes. Las dos orillas ya no parecieron
tan distantes y el abrazo familiar ha ido recomponiendo lo que es indestructible.
Cabe señalar aquí que ese
fenómeno inicial de intervenciones de las propiedades y la consecuente fuga de
miles de cubano, abrió una página lamentable de esta historia, probablemente
determinante de todo lo ocurrido después, y que hemos venido comentando. Las
intervenciones, que culminaron en la “ofensiva revolucionaria”, implicaron el
paso más desastroso y lamentable de la política económica del gobierno
revolucionario. Me atrevería a decir que significó un parte aguas, en la
historia cubana de estas últimas
décadas. Además del desastre en la economía, profundizó el descontento de miles
de personas, aceleró la fuga migratoria y, desde luego, se terminó de cercenar
la familia. La cultura cubana sufrió un golpe contundente, aunque muchos traten
de negarlo. La fuga misma tuvo esa implicación, pero se produjeron en el país
desapariciones o mutilaciones de muchas tradiciones que eran consustanciales a
la cubanidad. Eran tradiciones que mucho tenían que ver con las familias, las
comunidades y que, a ratos, se sustentaban en los aportes que ciertos sectores
de la propiedad privada les hacían. Claro
que esta ruptura de tradiciones, que afectó esencialmente a las comunidades,
requiere de un trabajo particular, pero no exagero si afirmó que la estandarización
de celebraciones, reuniones comunitarias y familiares le dio un duro golpe a la
diversidad y, en consecuencia a la riqueza cultural de los cubanos.
Nos interesa ahora abordar lo que fue
derivando de aquel enfrentamiento entre la potencia del Norte y la isla
caribeña en términos de la sociedad y la identidad cubanas. El primer efecto en
ese sentido fue la división artificial del pueblo cubano; separación
ideológica, entendida como los buenos y malos según la orilla de que se trate.
Decimos orilla, porque a no dudar la sociedad cubana tiene hoy dos orillas: los
de adentro y los de afuera. Dos orillas que cada vez se acercan y, como los
casos antes mencionados y los múltiples que no hemos referido, terminarán por
unirse, lo que empieza a notarse sin mucho esfuerzo. Ocurrirá porque parece un
imperativo ineludible del acontecer histórico.
Está claro que no será una cuestión fácil,
nada que esté determinado por gobiernos o instituciones oficiales lo es;
sucederá porque, como si respondiera a una ley universal, los pueblos divididos
regresan la unión. Ocurrirá porque se trata de un asunto de la sangre, de la
familia y, sobre todo, de la identidad; una cuestión cultural, cuyas magnitudes pueden ser
ignoradas en determinadas circunstancias, pero terminan siempre imponiéndose
por encima de ideologías o estrategias políticas.
Falta ver como en ambas orillas se va
comportando esta exigencia natural e histórica, habrá que ver el modo en que de
una y otra parte se irán derrumbando “los muros”. Los cubanos están en todas
partes, hasta en las pirámides de Egipto rentando camellos. Soy de los que creen
que donde quiera que haya un cubano estará Cuba y su cultura. Pero justamente,
la parte más difícil de ese “muro” que volará en pedazos, estriba en conseguir
que los de adentro acepten que los de afuera son parte del pueblo cubano, que
la cultura cubana no puede ser vista en su totalidad y dimensiones sin las
comunidades que viven fuera de la Isla, porque aunque desde el punto de vista
de los intereses políticos sea fácil decirlo, la verdad es que el hombre puede
cambiar de escenario donde realiza sus acciones cotidianas, puede vestir
diferente y hasta comportarse diferente en determinadas circunstancias, pero
generalmente no cambia la identidad, no se desprende fácilmente de los valores
más profundos que lo identifican con la comunidad humana a la que pertenece (en
este caso nacionalidad). La negación de una orilla a la otra no hará más que
retardar un proceso cultural inminente de reunificación. No hará otra cosa que
ponerle freno a una pluralización que es inmanente a esa determinación
histórica que es el reencuentro. Debo dejar claro que estoy pensando en la
nacionalidad, no hablo de nación. Entre ambos conceptos hay una diferencia
enrome. Las naciones pueden ser el producto de una imposición convencional de
fronteras o soberanías entre comillas,
etc. Nacionalidad es otra cosa, implica siempre, no circunstancialmente como
las naciones, identidad; valores y códigos culturales comunes, que identifican
a los integrantes de una comunidad y los une sin otras determinaciones que no
sea esa identidad de valores, ideas, conceptos y formas de expresión que les
identifica de otras.
Creo ver que el mayor
obstáculo para que ocurra la unión no está en el pueblo, ni en la
intelectualidad que le representa, puede que se encuentre en la oficialidad
radical, si hablamos de la isla y del sector también radical del exilio. No es
fácil para las esferas oficiales aceptar que aquellos que durante años han sido
marcados con las calificaciones más degradantes, como gusanos y escorias,
puedan de pronto integrarse a la comunidad cubana, globalmente vista. Difícilmente
se acepte que la cubanidad, la identidad cultural del cubano se expresa en
ambas orillas y que la mutilación de una de las partes es un error de fondo y
una falsedad que tiende a derrumbarse por su propio peso.
La otra orilla, la que está fuera, tiene sus “orillitas”,
es decir, hay comunidades importantes en otras partes del mundo, aún cuando la
de Miami sea la más significativa. Hay en España una comunidad cubana de peso,
las hay en menor o mayor medida en otras partes del planeta, y habría que
subrayar la de México por sus características diferenciadoras, lo cual
abordaremos en otro trabajo.
Ya sabemos que este conflicto no puede ser
analizado sin lo que en él tienen que ver los gobernantes de Estados Unidos
desde los inicios de la década de los sesenta, pero reitero que es problema
sabido e implicaría otro trabajo diferente. Allí hay culpas y determinaciones que
se vienen analizando hace muchos años.
Insisto que por ahora nos interesa
profundizar sobre algunas particularidades de estas dos orillas y su macha a la
reunificación, aún cuando puede preverse que si la división o distancia entre
ambos es compleja y peculiar, también ese reencuentro definitivo será singularmente
engorroso.
Creo
que las perspectivas de un enfrentamiento violento, como ha ocurrido en otros
casos, se van quedando atrás, a pesar de resentimientos y malos recuerdos que
abundan. Ese peligro parece debilitarse, aunque no hay que desestimar el nivel
de descontento que ha crecido en la Isla y la intolerancia de los radicales de
Miami, que han impuesto de facto, sin que exista regulaciones legales o de otro
tipo, una especie de legitimación del lenguaje radical como condición para ser
percibidos como exiliados y contar con la perspectiva de que se le abran
puertas.
Hay aquí un juego del tiempo; el hecho de que
el exilio inicial se esté quedando fuera de ese juego, y que, por razón
parecida, el gobierno cubano está siendo y será reemplazado por generaciones
más jóvenes, implicará que las cosas sean vistas de otro modo y se termine
aceptando que los cubanos lo son, donde quiera que estén. Ahora bien, esto hay
que verlo desde las partes. En Miami persiste todavía la idea de la mano dura,
la que apoyada por la oficialidad estadounidense y guiada por cubanos en el
Congreso de aquel país, siguen pensando en presiones, embargo y otras
hostilidades, que según ellos va dirigida al gobierno de la Isla, sin que parezcan
estar dispuestos a entender que quien sufre las consecuencias es el pueblo, y
sobre todo, los más desposeídos, los que menos tienen, los que no acceden a
ayudas de sus familiares en el exterior. Sin entender tampoco, que en cincuenta
y tres años, el procedimiento de la intolerancia y ataque frontal les ha
fallado. Existe sin dudas esa posición, que ya es minoritaria en términos
poblacionales, pero con presencia económica y política de mucho peso en la
nación del norte. Sin dudas esta “esquina” del exilio arrastra a muchas
personas resentidas, poco pensantes y capaces de identificar a los millones que
viven dentro de la Isla como cómplices o acólitos de un gobierno que odian.
Para ellos los de adentro son traidores o cuando menos sumisos que merecen
cualquier castigo, aunque digan otras cosas en público para ser percibidos como
incluyentes, en relación al pueblo y la cultura cubanos. En el ámbito de quienes los lideréan, en esa posición
están los que convirtieron la política en negocio y, aunque lo aparenten, no
están demasiado preocupados por la identidad cubana y su reunificación.
Hay en Miami un sector indeterminado, entre
los que se encuentran intelectuales, que les aterra cualquier contacto con
Cuba, critican y hasta agreden a los artistas cubanos que van de gira por
aquella ciudad, con frecuencia en este sector aparecen también resentidos y
personas que no precisamente son capaces de valorar conceptualmente el asunto y
que hacen méritos con quienes se erigen como líderes en el terreno de la radicalidad. Reitero lo
dicho anteriormente; imponen la aceptación de facto de su lenguaje como
salvoconducto, como si debiera entenderse que para ser parte de la comunidad
cubana de Miami es indispensable la radicalidad y la actitud hostil hacia todo
lo que tenga que ver con la Isla.
Sin embargo, hoy día la mayoría de la
comunidad cubana de Miami no participa en nada que atente contra la Isla, en
todo caso aparentan y buscan acomodo en la sociedad. Son personas que
emigraron, muchos por razones económicas, pero aún cuando haya sido por
antipatías con el sistema, ahora viven metidos en sus trabajos, tratando de
darle un “esquinazo” a la escasez y a las limitaciones económicas que vivieron
en Cuba. Trabajan sin descanso, hablan poco de política y tratan de educar a
sus hijos. Esas personas “cargaron con sus pueblos”, siguen manteniendo sus
costumbres y sus sueños, que llevaron sobre los hombros desde Caibarién, Palma
Soriano, Jatibonico o el pueblo de donde proceden. Esperan con júbilo el
momento de hacer una viaje a la Isla para encontrarse con la familia y
mejorarles sus vidas.
Comen el mismo congrí, los mismos frijoles negros, el
mismo ajiaco y la yuca que comían en sus
pueblos de origen. Celebran los cumpleaños y hacen las
cenas de fin de año como solían hacerlas
en Cuba. Estas
personas se reúnen, juegan dominó, hablan mutilando letras y sílabas como lo
hacían en la Isla. Nada ha cambiado para ellos que no
sea el escenario y el modo de buscarse el dinero para vivir. Nada de actitudes
recalcitrantes, nada de odios, ni deseos
perversos hacia la Isla, aunque mantengan cierto
juicio crítico sobre lo que les parece injusto.
Veamos la otra orilla, es decir, la Cuba;
allá también podemos ver vertientes bien definidas en su apreciación sobre los
exiliados, refugiados o como quiera llamárseles a los residentes cubanos en
Miami. Aquello de “gusanos” y “escorias” ha ido desapareciendo de la conciencia
popular. La mayoría del pueblo de hoy no
vivió o no tiene recuerdos de los primeros tiempos, en los que imperialismo y
exilio cubano tenían la misma connotación; eran los mismos enemigos. En la
actualidad es difícil encontrar familias que no tenga a alguien cercano del
otro lado, y que no reciban ayuda de ellos, es improbable suponer que acepten
para aquellos los insultantes calificativos y los vean como enemigos.
Otra visión dentro de Cuba es la oficial, la
que el pueblo finge aceptar o desestima, pero que sigue latente dentro de las
esferas políticas más radicales. Es cierto que el gobierno en Cuba ha
flexibilizado sus vínculos con la comunidad en el exterior, incluso con la de
Miami. Es cierto que lo de “gusano” y “escoria” ha dejado de usarse en el
lenguaje oficial, sin que ello implique que no haya un calificativo
globalizador para los de Miami, porque cuando se habla de guarida de traidores
o de mafia indeseable, no se hacen exclusiones y muchos de los inocentes pueden
sentirse incluidos.
Hace años viene ocurriendo que muchos cubanos
que inicialmente se fueron a otros países, han hecho todo lo posible para seguir
el camino hasta Miami ¿lo hacen acaso porque allí está la guarida de la mafia o
el modo de insertarse en organizaciones conspirativas contra el gobierno de la
isla? Nada más lejos de la verdad, van allí para reencontrarse con su gente,
con sus familiares y amigos o simplemente para convivir con la comunidad
cubana, que de cierta manera los hace sentir en casa.
El caso es que en Cuba, no puede negarse, se
le dio magnitud política a la migración; todo el que ha salido a vivir a otras
partes, cuando menos es visto con recelo, es sospechoso o anda bordeando el
camino de los traidores. Puede que en esto consista el más grave error de
apreciación. Todos los países del “tercer mundo” tienen grandes migraciones de
tipo económico, intelectual, etcétera; miles de personas se van para cambiar su destino o conocer otras latitudes
o para reunificar familias, sin que por ello sean considerados traidores ni
sospechosos. Eso le molesta mucho a la comunidad cubana que vive fuera de la
isla, sin excepción; la mejor o la peor, si en esos términos pudiésemos hablar.
Los emigrados de cualquier parte del mundo
mantienen sus derechos ciudadanos, no se les arrancan sus prerrogativas por
decreto, por consigna o por acciones administrativas de facto, porque nadie
tiene derecho a la exclusión. Ni gobernantes, ni partidos políticos ni
ideología alguna, están en derecho de suprimir el derecho del otro, a lo que le
corresponde de manera natural e histórica: ser un ciudadano de su país, donde
puede entrar y salir según sus deseos y posibilidades sin que nadie tenga que
darle autorización. Un salvadoreño, guatemalteco o mexicano, por poner algunos
ejemplos, no son menos ciudadanos de su país en dependencia de dónde eligen
residir, incluso se ponen en marcha programas, más o menos eficaces para
defender los derechos de los emigrantes frente a otras naciones. Lo contrario
ocurre en Cuba y es algo que hay que eliminar a favor de la unión de la
sociedad cubana y de su cultura, en el entendido que hemos venido hablando. La
definición de compatriotas, que al estilo cubano puede identificarse como
hermanos, es más poderosa y genuina que la división entre señores los de afuera
y compañeros los de adentro. Podría entenderse que el estado de beligerancia
con Estados Unidos durante los primeros años de la Revolución cubana, que tuvo
como aliados fundamentales al exilio, propiciara esa separación radical. Las
hostilidades no han desaparecido, pero los tiempos han cambiado y también
cambió la composición migratoria y no precisamente ha cambiado, como debiera,
la percepción oficial sobre ese asunto. No tengo dudas de que muchos de los
cubanos que lean estas consideraciones dirán o pensarán: “lo nuestro se
justifica por razones de seguridad”, pero habría que preguntarse si no
estaríamos más seguros con una política migratoria más conciliadora y un pueblo
más unido, para que las orillas no se repelan, se complementen para conducir el
rumbo de la historia. Si la comunidad cubana en el exterior tiene una presencia
económica importante a través de las remesas, no parece moralmente sostenible
que se les impongan limitaciones y se les trate como “ciudadanos de afuera”.
Lo que
tampoco ha cambiado mucho es la radicalidad de grupos de la otra orilla, la de
Miami; para aquellos también son sospechosos y candidatos a enemigos los que
están en la isla, e incluso los que viajan con frecuencia o tienen contacto de
algún tipo con Cuba, incluyendo contactos culturales. Incluso muchos de los que
intelectual y humanamente no coinciden con ellos, se extreman en cautelas, pues
no quieren que los identifiquen con estas personas o instituciones que se
vinculan de alguna manera con la Isla. Muchos de aquellos que en la intimidad
son comprensivos y hasta simpatizan con la idea de la convivencia y el
reencuentro definitivo, cuando están en público prefieren callar o usar un
lenguaje que los acerque a los radicales, las razones ya las hemos expuesto con
anterioridad. Quiere decir que aunque la composición social es otra, el
escenario sigue dominado por los radicales que ostentan el poder de alguna
manera; económico o político, con frecuencia ambos. Pero hay que saber
diferenciar las características de los escenarios con la realidad social que se
mueve en otra dirección.
Ese proceso de acercamiento definitivo, de
reunificación, si así se le puede llamar, en el caso concreto de Miami y Cuba,
necesita liberarse de dogmas, de oportunismos y muchas simulaciones. Los
radicales del exilio acostumbran a hacer “tabla raza” en su enjuiciamiento a
Cuba, se hacen inventarios constantes de las desgracias, se usa el calificativo
de comunista para eliminar todo posible análisis objetivo de las cosas; para ellos
no hubo campaña de alfabetización seguida de un proceso educacional que tiene
sus magnitudes incuestionables, aunque no falten los grandes errores y
defectos, como fue, por poner un ejemplo, la escuela en el campo. Lo cierto es
que el pueblo cubano es generalmente instruido, pensante, capaz, y en gran
medida tiene que ver con ese proceso que de pronto se intenta borrar. Hay un
tipo de libertad, la interior, que le permite al hombre definir sus
motivaciones y conceptos, la que lo aleja del oscurantismo y las
manipulaciones extrañas y lo hace más
franco, abierto y apto para asimilar conocimientos; esa condición intelectual
está en el cubano de hoy y, en buena medida, se debe a su nivel de
escolarización, aunque no significa que sólo encontramos tal condición en el
cubano que está en la Isla. Muchos de
los exiliados prósperos han lograda esa prosperidad gracias a la instrucción que
se llevaron al exilio. El hecho de que la gente haya contado con salud gratuita
y un servicio médico que propició una ética alta e incuestionable entre los
profesionales de la medicina es también cosa que no puede ignorarse. Como sería
absurdo negar que millones de miradas de simpatía se volvieron hacia Cuba por
la defensa de su soberanía a toda costa.
Claro que los radicales de “adentro” no
pueden ignorar que el hombre necesita de otras cosas para ser feliz, pues su
bienestar, su tranquilidad no se reducen
a educación, salud y soberanía. El
hombre requiere de muchas cosas más; digamos que libertad para estar donde
quiere, hacer su vida a su modo, sin que nadie se la organice, tiene necesidad
de decir, disentir, discrepar públicamente, y ser respetado por lo que dice y
piensa. Tiene derecho a vivir alejado de compromisos políticos si así lo desea.
Viajar libremente es un sueño eterno del hombre. Es necesidad conocer otras cosas y hacer
contacto con otras realidades y otras culturas, es imperativo de la conciencia,
e incluso de la inconciencia, porque en cierta forma es intuitivo; por eso
desde su origen el hombre anduvo, deambuló, emigró y conquistó espacios. De
manera que más allá de la búsqueda de acomodo, la migración se expresa como
acción vital de la condición humana para propiciar encuentros y descubrir otras
formas de existencia, que no necesariamente representa renuncia de su
identidad.
Es un derecho elemental,
organizar la vida económica y social de acuerdo a las capacidades y aptitudes
de cada quien, sin que nadie le indique en cada caso qué cosa es buena o mala.
Nadie debe poner en dudas el papel del
liderazgo para marcar rumbos en condiciones complejas de la existencia, pero
pocos son los que aceptan que se le impongan la filosofía o el criterio de
otros, porque las posiciones de poder no hacen a ese otro infalible. La
política es aceptada como convencimiento y rechazada siempre como imposición.
Los radicales de Cuba tienen que entender de
una vez que cincuenta y tres años es el total de la vida activa y útil de los
individuos; de aquellos que tienen la suerte de ser longevos. Han de entender
que la ideología no es todo, no puede ser vista como la esencia de la condición
humana. Cincuenta y tres años sin tener
la opción de moverse a cualquier parte sin perder los derechos ciudadanos es
demasiado.
Si algo de Cuba sigue siendo asombro del
mundo es su lucha por la soberanía, esa lucha es parte de su cultura y su
identidad, pero no les basta a las personas comunes. También la historia
registra casos donde se conquistó la soberanía y no por ello se logró edificar
sociedades convenientes, es decir, sistemas aceptados por los pueblos. Defender
la soberanía es virtud que enaltece la condición humana, pero si el precio es
el sacrificio de toda la vida, los hombres terminan por desentenderse de
aquella.
Visto el panorama desde la posición de los
radicales de ambas orillas pudiera pensarse que no hay solución, pero estoy convencido de lo
contrario, porque las determinantes no son, en este caso, individuales, sino
sociales y, sobre todo culturales; de identidad. Estoy convencido de la
necesidad y la inevitabilidad de la unión, porque como señalamos al principio,
la historia ha demostrado que casos mucho más complejos han tenido el final que
anunciamos. Es así porque aunque la mayoría no siempre tiene la capacidad para
cambiar las cosas de un día para otro, finalmente suelen imponerse, y la
mayoría de uno y otro lado, la abrumadora mayoría si sumamos ambas, tienen la
voluntad de buscar la reunificación. Las dos orillas llegarán a ser una sola
corriente que empuje a la sociedad cubana a un futuro mejor. Siempre quedarán
cicatrices, porque los procesos políticos agudos suelen herir profundo, pero
las noventa millas son muy poca distancia para que los hombres de una misma
cultura se mantengan distantes. Ni el
imperio ni el comunismo, como suelen calificarse de una u otra parte, podrán
impedir el destino final; la unidad.
Decir que negar al hermano es negarse a sí
mismo no es dogma o consigna; uno se niega cuando niega lo que naturalmente le
pertenece. Las dos orillas de la cultura cubana en las últimas décadas han tratado
de negarse y por eso carecemos de un análisis que en lo general o en lo
particular unifique estas dos partes que son de un mismo fenómeno. ¿Cómo hablar
ahora de cultura cubana en su comportamiento en estos años haciendo exclusiones
de cualquiera de esas partes, si es que de partes podemos hablar? No es posible
hacerlo en ese comportamiento general que focaliza el quehacer cotidiano de los
cubanos, ni en las particularidades de alguna expresión concreta como puede ser
en lo artístico o literario, la música, la plástica o cualquier otra forma de
expresión. Significa que negación, omisión u olvido, en este caso no cosecha
otra cosa inexactitud, falsedad y retraso.
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