Recordando a
Ricardo Repilado
Rafael Carralero
Ricardo Repilado
fue mucho más que un simple profesor, el ejercicio de la academia no sólo
requiere de una buena formación dispuesta a ser impartida, cosa que
caracterizaba a Repi, como solíamos decirle con cariño; el mejor maestro es
aquel que complementa el conocimiento con la magia de impartir y convertirse en
sujeto indispensable, protagonista y actor a la hora de decir la clase. Así era
aquel hombre pequeño, de lentes ovalados y sonrisa irónica. Un verdadero mago
de la escena, que no daba margen a la distracción.
Tenía Ricardo Repilado una cultura
proverbial, adquirida a través de muchos años de investigación y lecturas
constantes. La literatura y la lengua española no parecían tener secretos para
él, era capaz de detenerse en los detalles insólitos, que sólo determinadas
visiones agudísimas pueden detectar. Redacción
y Composición y Técnica de la
investigación bibligráfica, sus asignaturas fundamentales adquirían dimensiones
incalculables, mucho más allá de lo que podrían presuponer tales enunciados.
Eran casi pretexto para internarse siempre en los terrenos de la teoría
literaria, la historia de la cultura y el análisis literario.
Tenía la capacidad, a veces la intención, de
espantar a los alumnos cuando entraban a su salón, pero era sólo parte de la
atmósfera, de la escenografía y el ambiente, porque aquel hombre que miraba
detenidamente por encima de sus lentes y terminaba con un rugido, tenía un
corazón enorme y una voluntad inquebrantable de educar y ayudar.
Contestatario,
inconforme, crítico mordaz y valiente en
sus proposiciones fueron también características de Ricardo Repilado, el
maestro de muchas generaciones, bibliotecario en la biblioteca del Congreso en Estados
Unidos, autor de varios libros importantes y de métodos para impartir sus
asignaturas, que muchas universidades de habla hispana asumieron como textos.
¿Quién pudiera imaginar a aquel hombre
enjuto, al intelectual de sutilezas, al profesor insigne comandando un pelotón de
milicia? Pues fue. En cierta preparación combativa de la universidad, el Repi
conducía un pelotón del cual yo era soldado. A la hora del descanso para irnos
a almorzar, al profesor se le olvidó la palabra ALTO. Andábamos de un lado para
el otro a la voz de: media vuelta, izquierda, derecha, etcétera. Sudábamos
copiosamente bajo el implacable sol del Caribe. De la comandancia lo llamaban a
receso, pero el orgulloso profesor, ahora comandante de pelotón, había olvidado
definitivamente la palabra clave: ALTO. Hasta los que siempre lo quisimos
entrañablemente empezamos a odiarlo. El sudaba también a punto del
desfallecimiento. En la comandancia general no podían creer lo que estaban
viendo. “Se volvió loco el profesor”, decían. Entonces, vencido por el olvido y
el agotamiento, Repi se paró delante del pelotón con los brazos abiertos y
sustituyó la palabra mágica por el recurso infalible: “Párense, caterva de
cabrones”. Y concluyó el martirio.
Repi es para mi una referencia constante,
una inspiración que no sólo contribuyó de manera esencial en mi formación, fue
inspiración y estímulo para mi trabajo creador. Ahora, tantos años después,
siento el orgullo de haber sido su alumno y discípulo, que no es lo mismo.
Gracias a quien se proponen rendirle tributo.
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