EL PODER Y
CULTURA; EL ETERNO CONFLICTO DEL DESAFÍO Y LAS SIMULACIONES.
Rafael
Carralero
El primer conflicto que
enfrentan los intelectuales y artistas, globalmente visto, es el de encontrar
la forma de hacer que los hombres del poder logren aceptar el papel fundamental
e ineludible de la cultura en la sociedad, entendida en este caso como las
expresiones humanísticas. Hablo, sin embargo, de poder entendido por ahora como
gobiernos y gobernantes, porque existe un poder más peligroso, que conoce muy
bien la naturaleza de la cultura, si así podemos llamarle, y por eso le temen,
le agreden y la subvierten, pero de eso hablaremos luego. Sólo el hecho de que los gobernantes a
diferentes niveles entiendan que la cultura, en el sentido más amplio del
concepto, está en huella del hombre sobre la tierra, es de por sí difícil, pero
como ellos son también seres sociales y dejan sus huellas en el devenir
histórico, eso de tanto escucharlo pueden llegar a comprenderlo, lo que sí resulta demasiado complejo es que entiendan
el papel de la cultura, entendida como el universo de las humanidades, es
decir, el pensamiento abstracto, la propia historia y las expresiones
artísticas. Ahí está el gran nudo gordiano.
Hay un abismo que a ratos parece insalvable
entre los creadores, los que hacen la cultura, entendido en su más amplio
sentido, es decir, no sólo los creadores artísticos, también los investigadores
y otros especialistas de la actividad humanística; los que reciben o supuestamente
deben recibir el producto de la creación (los pueblos) y los que administran la
vida pública, que muchas veces se comportan como pastores de sus sociedades;
naturalmente no vale la generalización, aunque el mal sea dominante. Es un abismo enorme, viejo, donde han quedado
sepultados muchos valores, creaciones y talentos. También en ese hueco infinito
se han hundido pueblos que no han podido salir de la ignorancia o la opresión,
y la inteligencia humana ha sufrido estancamientos o, cuando menos, procesos
retardatarios en su desarrollo.
No debe entenderse que estaremos hablando o
que vayamos a reclamar un paternalismo gubernamental como solución para la
cultura, eso no sería sano ni ventajoso,
cuando ha ocurrido, generalmente se vuelve una trampa, pues a cambio se
solicita la sumisión y se impone la censura. Por suerte o por la naturaleza de
la creación, la cultura se impone, a ratos entre más retrógrados han sido
quienes ostentan el poder, entre más críticas las situaciones creadas por aquéllos
en la sociedad, han surgido con más fuerza movimientos creativos perdurables.
Los ejemplos son muchos a través de la historia, pero para no ir muy lejos, al
menos en distancia, pensemos en los últimos tiempos del sistema colonial en
América y nos referimos a América o Las Américas, no a los Estados Unidos, como
se identifica en el viejo continente. Si pensamos en esa etapa final del
colonialismo, el español para ser más concreto, aunque es válido a los otros
poderes coloniales, justamente cuando llegó al momento más crítico de ese
dominio, surgieron, no sólo los movimientos que propiciaron la independencia en
el terreno político y militar, si no que en ese momento de caos surgieron y se
consolidaron, por ejemplo, las literaturas nacionales, pero aún más terminaron
de concretarse las culturas nacionales en la región, las nacionalidades para
ser más concreto. De lo que sí estoy hablando es de cómo el poder, en lugar de
propiciar el desarrollo cultural de los pueblos como una acción fundamental,
suele convertirse en obstáculo. No están los gobiernos para administrar la
cultura, ese no es su asunto, pero sí para propiciarla con recursos y medidas
expeditas para la creación.
Nunca antes la cultura había sido agredida
desde los grandes centros de poder como ocurre en la actualidad. Desde esos
grupos se genera una acción dominante, encubierta casi siempre o, por lo menos,
camuflada detrás del mercado y de importantes medios de comunicación. Esa
intención dominadora, si no totalmente, ya ejerce influencia global
determinante en muchos campos y sectores de la sociedad. Desde allí se crean
programas y proyectos de corto, mediano y largo plazo, encaminados a incidir
negativamente en el individuo, en las comunidades, en los grupos sociales, con
un claro fin de ir aislando al hombre de sus vínculos con la sociedad;
individualizarlo en todas sus acciones y, en consecuencia, dominarlo a partir
de una pérdida paulatina de su identidad. A esto se prestan muchos gobiernos
del planeta, pero sobre todo son protagonistas los grandes monopolios, algunos
de los más importantes medios de comunicación e instituciones diversas que en
apariencia tienen un contenido social edificante, pero en realidad son instrumentos
de penetración y desestabilización que responden a esos centros de poder que
actúan ocultos. Son incontables esas instituciones camufladas, fundaciones,
centros y otras organizaciones que se difunden como salvadoras del mundo, pero
detrás se esconden los más perversos objetivos, aunque perecen la cara hermosa
de los monopolios, grupos financieros y otras “bellezas” del poder.
Hay infinidad de gobernantes manipulados por
esos centros de poder a través de grupos e instituciones financieras. Algunos
lo ignoran, otros fingen ignorarlo y otros son cómplices activos. Puede que en
esto esté el mayor peligro para los hombres comunes, para las comunidades que
se empeñan en preservar sus valores y sus raíces. Pero existen otras formas no
menos nocivas, aunque menos sofisticadas y con una presencia cotidiana en nuestros países, en nuestras vidas.
Desde que la política se convirtió en negocio
(no sé si alguna vez dejó de serlo) el poder, en lo que tiene que ver con el
servicio público, perdió lo que debía ser su naturaleza. Los cálculos y las
conveniencias políticas se han vuelto “movidas”, que le dan rumbo a las
administraciones y, en consecuencia, de eso depende el grado en que vuelven su
mirada a la cultura. Es ave rara el mandatario que asume la cultura, el arte en
particular, como una necesidad del hombre, difícil de encontrar aquél que le da
prioridad. Lo común es que a la menor necesidad de hacer ajustes financieros o
presupuestarios, el corte insaciable de la tijera empiece por la cultura. Un
porcentaje abrumador de los funcionarios, de aquéllos que ostentan el poder en diferentes niveles
en este “maravilloso” Tercer mundo y aún del primero, aunque en menor grado, lo
hacen sin la menor intención de trabajar para sus pueblos, acuden con deleite a
los puestos, electivos o no, para enriquecerse o, al menos, para hacerse de una
fortuna suficiente que les permita en algún momento convertirse en empresarios.
Muchos lo hacen simultáneamente. Si no les importan sus pueblos, sus posibles
electores y sus comunidades, cómo esperar que se interesen por apoyar la
cultura.
Este asunto tiene diferentes aristas que
trataré de ir describiendo, porque el poder, como ya apuntamos tiene niveles
diferentes, aunque su nombre sea el mismo. Las cúpulas de poder que forman
estos grupos que parecieran sociedades secretas y que ya hemos mencionado son,
de alguna forma, el nivel más alto, complejo e invisible del poder, se esconden
detrás de los centros financieros, el gran mercado y los medios de comunicación
más importantes, entre otros. Allí no se ignora la importancia de la cultura, lejos
de eso, la agreden, la subvierten, sutil o descaradamente porque conocen su
papel determinante en la sociedad, la localizan como forma especial de
ideología y de conocimiento. Por lo tanto resulta adversa a las grandes
estrategias de dominación, cuyas principales armas hoy día, no son precisamente
las armas de fuego ni las instituciones de represión militar, son la ignorancia
y el aislamiento alienante del individuo.
En cuanto a los gobiernos, otro eslabón del
poder, en ciertos países, quieran o no, éstos se ven obligados a propiciar
algún tipo de mecanismos y recursos a favor de la cultura, sobre todo países
desarrollados, porque la propia sociedad genera una gestión cultural de
magnitudes que los obliga. Pero vemos que hasta en países tan desarrollados
como Estados Unidos puede verse el fenómeno cultural de forma irregular,
dependiendo del Estado o región. Una cosa es Nueva York, Chicago, Boston, Los
Ángeles, por poner algunos ejemplos fundamentales, y otra es Florida, digamos.
Las diferencias son abismales; en ciertas ciudades el movimiento por la cultura
lo empuja, en primera instancia, la sociedad civil y los gobiernos locales y
nacionales tienen que generar respuestas. En Florida, cuyo ejemplo, hemos
elegido, la cultura es pobre, a ratos inexistente. Allí el mercado parece
haberle aplicado una barredora infranqueable a la gestión cultural. La carrera
detrás del dólar, las exageraciones en pro de la farándula y las grillas
políticas parecen ser las guillotinas donde suelen ir a parar los proyectos culturales
serios.
Pero prefiero referirme al plano del poder
que se encuentra en gobiernos de los países en desarrollo, aunque me gusta más
decir El Tercer Mundo, para una mejor comprensión. Acá el asunto es otra cosa,
cuando bien nos va, aparece en el horizonte un gobernante con cierta
sensibilidad, en ese caso, antes de que su mandato se hunda en el laberinto de
la pobreza, las desigualdades, las crisis económicas y los reclamos sociales,
puede que emprenda alguna obra monumental donde deje cifrado su nombre en
letras doradas para que ilumine su período de gobierno. Puede ocurrir que elija
con acierto a un funcionario vinculado a la cultura para que se encargue del
asunto. Seguramente con presupuestos miserables y sin muchas perspectivas de
desarrollo, pero si la persona elegida es adecuada, se vivirá entonces un
período más o menos aceptable, que siempre estará colgando de lo que vendrá
después. Lo más frecuente es que ni el gobernante ni su representante en la
cultura tengan voluntad de acercarse al fenómeno con conocimiento de causa y un
espíritu emprendedor en este campo. Por lo regular la cultura les importa un
bledo y la sustituyen con ciertos espectáculos que hagan un poco de bulla y
cree en la población el espejismo de una acción cultural edificante y una
gestión política benéfica. No digo que el espectáculo nada tenga que ver con la
cultura, algo tiene, pero sólo eso; algo. Suficiente para los administradores
del gobierno y la política, que al modo de los romanos tienen la convicción de
que para el pueblo; pan y circo. Ni siquiera se han enterado de que la cultura
es el medio mejor de legar sus huellas (si son amables, claro), a la
posteridad. Probablemente la única acción que los consagre y los mantenga en el
recuerdo de la gente.
Hay en
la historia algunos ejemplos de hombres que desde el poder propiciaron
movimientos culturales que los consagraron. Pericles, digamos, viene desde la
antigüedad griega como un destello de progreso imborrable, muchos lo
identifican apenas con la democracia que esa sociedad llevó a niveles
inconcebibles para la época, pero el esplendor de la cultura que exhibió la
Grecia de entonces fue reflejo de aquel excepcional proceso político, que a su
vez fue la imagen de lo que ocurría en la cultura. Veinticinco siglos después
valdría preguntarse ¿qué ha sido de aquella Grecia floreciente, madre de la
cultura occidental? La respuesta es fácil, examínense las características del
poder que ha conducido los destinos de aquel territorio durante poco más de dos
mil quinientos años. Véase lo que sucede hoy en la Grecia del recuerdo.
Pero
volvamos al presente, al de Hispanoamérica, al tiempo peor, según apreciaría
Manrique. Acá la cultura y el poder hacen malabares, se miden a distancia, se
acarician de vez en cuando y finalmente parecen antagónicos, aunque no se
declaren la guerra. No hay cosa más antagónica en nuestras sociedades que un
buen artista y un mal funcionario; estos últimos son mayoría abrumadora, pero
la fugacidad a que perecen condenados por la historia y su desprecio por la
cultura los vuelve insignificantes ante la estatura de un buen creador. Sin embargo, los intelectuales y artistas se
ven sometidos, con frecuencia, a la “buena voluntad” de esos hombres.
Dicho de otra manera, la distancia entre la filosofía
del poder en este tercer mundo y la creación, que incluye el pensamiento
abstracto, es verdaderamente insondable. El hombre de la cultura se ve obligado
a un extraño juego con las autoridades que pareciera decir al modo de Cintio
Vitier: “no creas que porque simulo creo en tu simulación”.
Los
hombres de la cultura se ven obligados a mantener ese juego a toda costa, para
solicitar apoyos, porque la cultura cuesta. Si el empeño consiste en crear una
institución cultural es en extremo costoso, pero para un funcionario común es
más importante un Walmart, no importa si ese supermercado está guillotinado a
los pequeños comerciantes e introduciendo los vicios y alienaciones del gran
mercado, en su esencia perverso, que terminan “dándole en la torre”, no sólo a
la pequeña empresa, también a la identidad. El supermercado para ellos es signo
de progreso, la institución cultural es puro capricho de artistas e
intelectuales, que cuando menos son criaturas peligrosas. Me estoy acercando
aquí a lo que ocurre cotidianamente en las provincias o Estados y municipios,
aunque vuelvo a hacer la salvedad de que toda generalización es falsa, porque
conozco las excepciones. Lo que pasa es que, por lo regular, hablarle a un
presidente municipal de la cultura es como hablarle del cosmos, sólo que la
cultura les resulta tan incomprensible como aquél, pero más nociva. En el mejor
de los casos entienden la cultura como bulla, carnaval, pachanga. Reflexionar
con determinados alcaldes sobre el papel de la cultura en la sociedad es como
recoger alpistes en el Océano Atlántico. Si alguien o alguna institución
quieren hacer alguna cosa seria culturalmente en su demarcación, inmediatamente
lo convierten en sospechoso, latoso o loco. Pueden incluso hacer compromisos de
apoyo que luego desentienden. Huyen, se esconden de los locos que quieren
distraer su atención hacia algo tan “innecesario” como la cultura. Conozco a
artistas y promotores que se han pasado meses haciéndoles antesala a
funcionarios de quinta categoría para que les oigan una propuesta importante.
Sin embargo, cualquier proyecto moderno que piense en cambios, progresistas,
verdaderos, en el desarrollo real y en la limpieza de la sociedad, tiene que
situar como columna vertebral a la cultura; así de simple.
Con frecuencia vemos que cuando un
funcionario quiere congraciarse con sus comunidad, gasta enormes cantidades de
dinero para llevar a artistas de la farándula, contra los que no tengo nada, para
que les hagan bulla, no cuestionen y les sirva para tomarse una foto, que puede
serle útil incluso para escalar el nuevo paso en la pirámide de la política. Por ejemplo, dejar de ser
presidente de un municipio para hacerse diputado, de manera que el negocio no
se afecte, sino que siga su paso ascendente al enriquecimiento.
Los intelectuales, artistas y promotores
culturales se desgarran en este correteo impiadoso hasta ver si se encuentran
con un funcionario sensible, cosa no muy frecuente. Se hacen proyectos
importantes que resolverían grandes problemas sociales y realizarían sueños de
los desposeídos, pero muchas veces los señores diputados son los “ángeles” a
quien hay que implorarles para ver si aprueban el tuyo, aunque por lo regular
esto está condicionado a cierto cabildeo de especialistas en tales menesteres,
no a la magnitud y seriedad de tal o cual propuesta.
En fin, que todas estas vicisitudes están más
allá de cualquier análisis conceptual sobre el papel la cultura, del artista o
del intelectual en la sociedad. En el terreno de las ideas este asunto se torna
de primer nivel para el análisis del desarrollo y los cambios cualitativos de
las sociedades, pero he querido acercarme a esta parte pedestre que supera
cualquier intento teorizante. Ni Platón, ni Hegel ni todas a las escuelas
filosóficas que se registran en la historia podrían desentrañar el problema que
representa la relación actual entre poder y cultura.
Claro que mientras miles de talentos se
frustran, mientras las editoriales se vuelven coto limitado, de acceso único
para quienes tienen buenos amigos allá dentro o un expediente que los convierta
en buen producto para el mercado, lo que se repite de alguna forma en otras
especificidades de la creación, existe un cierto coqueteo del poder con un
número reducido de artistas e intelectuales convenientes. Ciertas figuras que
los visten, que les permite crear el espejismo de que son proclives al apoyo
incondicional a la cultura. En cierto sentido hay una intención de convertirlos
en orgánicos, en defensores a ultranza de su sistema y su gobierno, pero
ineludiblemente les sirve para las fotos que los medios se apresuran a
publicar. El intelectual honesto o el artista, no tiene otra cosa mejor que
aceptar el coqueteo, aunque vuelva a decir mientras detiene el “galope” del
corazón con la mano diestra: “no creas que porque simulo creo en tu simulación.”
Históricamente el intelectual y el artista,
ya que hemos venido haciendo esta distinción sigamos con ella, que por su uso
constante resulta conveniente, aunque no siempre sea fácil distinguir donde
termina uno y empieza el otro, pero decía que éstos históricamente han
desempeñado un papel de vanguardia, sin importar su filiación ideológica, ese
ha sido su papel. Balzac que perteneció la clase retrógrada de su tiempo (la
nobleza), no dejó de desempeñar ese papel; aún cuando cuestionaba a su clase
social con fines defensivos, digamos, estaba develando sus carencias, su
naturaleza, su presencia retardataria en la sociedad cambiante. De manera que
los intelectuales, visto de manera más incluyente dentro del mundo del
pensamiento y la creación, van como abriendo el camino, se adelantan a su
tiempo y definen rumbos, prevén los cambios y de alguna manera los anuncia con
antelación. Ese papel, de pronóstico podríamos decir, aunque no siempre ocurre conscientemente, define con
mayor claridad el papel insustituible del creador y el hombre de pensamiento en
la sociedad, que no por mencionarlo por separado los estoy separando, con
frecuencia son los mismo. Tampoco es certero dejar de reconocer que existen
intelectuales, artistas y pensadores proclives al poder; les gusta su sombra y
el coqueteo, deseado y conveniente para ambas partes, es sin simulaciones.
Un intelectual agudo y crítico espanta más a
ciertos políticos y funcionario que un huracán categoría tres. Por eso es tan
difícil de armonizar el papel de uno y otro en la sociedad, sin embargo, cuando
coinciden en intenciones y alcance de su visión del mundo, se propicia que las
sociedades florezcan y perduren. Pero es tan raro ese caso en estos tiempos,
donde los gobernantes están como atados por un cordón umbilical al mercado y
los centros financieros o simplemente apegados a su propio poder, como si les
hubiese sido asignado por los dioses, que por eso se localizan cada vez más
sociedades en crisis y tan pocas son las que florecen.
Si se tratase de ver las diferencias entre
cultura y poder, ya que semejanzas son casi inexistentes, habría simplemente
que echarle una mirada a la historia. La cultura, viéndola ahora en forma
amplia, registra las grandezas del hombre, sus acciones edificantes, sus
huellas imborrables que se encuentran en cada concreción cultural, o lo que es
lo mismo o parecido, en las culturas
nacionales y regionales, para no limitarnos a los monumentos culturales de la
humanidad. Las obras arquitectónicas, literarias, artísticas en general,
recogen los grandes aportes del hombre, donde habría que incluir los adelantos
tecnológicos y científicos, pero cuando hablamos de cultura humanística allí,
en la creación se encuentra lo más elevado de la condición humana registrada en
el tiempo.
El poder, sin embargo, las luchas por
conquistarlo y mantenerlo, exhibe millones y millones de muertos a lo largo de
la historia, pero no podemos verlos solamente como muertes sin calificativos.
Esas muertes están revestidas de abusos, crueldades, miserias y las violaciones
más atroces a la condición y los derechos del hombre. El poder ha generado todo
tipo de desigualdades, odios, corrupción y engaños. Eso ha ocurrido desde las
más antiguas agrupaciones tribales hasta el día de hoy, sólo que cada vez han
sido más abominables, aunque sus formas de ocultamiento sean más sofisticadas.
Si convenimos en que la historia es también parte de la cultura, aceptemos
entonces que esa es la parte horrible de la cultura. La que nada tiene que ver
con lo humanístico y sí con el lado bárbaro de la condición humana.
En la praxis social la cultura y el poder se
presentan como dicotomía, extraña forma en que dos partes diferentes en su
esencia se incluyen ineludiblemente, justamente por esa forma esencial de
contraponerse tienen una relación de determinado grado que a ratos pareciera
consustancial, como si estuviésemos hablando del mal y el bien, como valores
eternamente humanos. En ambas cosas se expresan características propias de la
condición del hombre. El poder se expresa como dominio que genera y hace
aflorar las más insondables y grotescas cualidades. En la política, por ejemplo,
que está ligada al ejercicio del poder se establecen, un poco como normas o
como éticas internas, aunque contrarias
a la ética que edifica, la ausencia de escrúpulo, la mentira y el engaño para
ascender al poder. Tenemos entonces que la condición competitiva, que es propia
de la condición humana, es en este sentido sombría y en la historia aparece
como acción que devela las peores cualidades humanas.
La cultura no sería el factor de
contraposición eterno a esas cualidades que afloran entorno al poder si no
tuviera también una esencia competitiva. Porque el hombre es un ente
competitivo, pero esta dimensión de la competencia es precisamente la que ha
condicionado el desarrollo de la sociedad y ha permitido que la humanidad
avance, sin que el poder aplaste las más nobles aspiraciones de las personas,
generalmente reflejadas en el acto de la creación cultural. Ya habíamos
señalado el papel de vanguardia del intelectual, que consiste justamente en
adelantarse a las aspiraciones, a veces inconscientes de la sociedad.
Platón, por ejemplo, abogaba para que los
intelectuales, los hombres sabios, asumieran el poder; habría que preguntarse
si tal cosa sería posible o si es qué esos hombres de la cultura al asumir el
poder, no perderían de inmediato su condición vanguardia, de creadores de
valores humanos positivos. Algunos ejemplos se registran en la historia y no
siempre han sido favorables, porque en el enfrentamiento bien-mal, que podemos
identificar aquí como cultura-poder, ha vencido la parte indeseable, el mal.
Podemos inferior entonces que la fuerza de la
cultura se expresa en su capacidad de oponerse a las acciones destructivas o
retardatarias que suelen generarse desde el poder político y administrativo.
Dicho de otro modo, la única forma posible de modificar la condición negativa
del poder, según se registra en las historia, está precisamente en la cultura,
que finalmente opera como adversa a la esencia misma de aquél.
Veamos finalmente como ambos lenguajes se
contraponen; mientras que el discurso de la cultura es creativo, encaminado a
la reafirmación de valores estéticos que buscan modificaciones constructivas de
la condición humana, el discurso político, el del poder, suele ser engañoso,
oportunista encaminado a producir expectativas falsas que terminen confundiendo
el imaginario de las multitudes para conducirlas a una especie de obediencia
ignorada. El primero es edificante, el segundo, cuando menos, suele ser alienante.
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