domingo, 16 de septiembre de 2012

poder y cultura







EL PODER Y CULTURA; EL ETERNO CONFLICTO DEL DESAFÍO Y LAS SIMULACIONES.

Rafael Carralero

El primer conflicto que enfrentan los intelectuales y artistas, globalmente visto, es el de encontrar la forma de hacer que los hombres del poder logren aceptar el papel fundamental e ineludible de la cultura en la sociedad, entendida en este caso como las expresiones humanísticas. Hablo, sin embargo, de poder entendido por ahora como gobiernos y gobernantes, porque existe un poder más peligroso, que conoce muy bien la naturaleza de la cultura, si así podemos llamarle, y por eso le temen, le agreden y la subvierten, pero de eso hablaremos luego.  Sólo el hecho de que los gobernantes a diferentes niveles entiendan que la cultura, en el sentido más amplio del concepto, está en huella del hombre sobre la tierra, es de por sí difícil, pero como ellos son también seres sociales y dejan sus huellas en el devenir histórico, eso de tanto escucharlo pueden llegar a comprenderlo, lo que  sí resulta demasiado complejo es que entiendan el papel de la cultura, entendida como el universo de las humanidades, es decir, el pensamiento abstracto, la propia historia y las expresiones artísticas. Ahí está el gran nudo gordiano.
  Hay un abismo que a ratos parece insalvable entre los creadores, los que hacen la cultura, entendido en su más amplio sentido, es decir, no sólo los creadores artísticos, también los investigadores y otros especialistas de la actividad humanística; los que reciben o supuestamente deben recibir el producto de la creación (los pueblos) y los que administran la vida pública, que muchas veces se comportan como pastores de sus sociedades; naturalmente no vale la generalización, aunque el mal sea dominante.  Es un abismo enorme, viejo, donde han quedado sepultados muchos valores, creaciones y talentos. También en ese hueco infinito se han hundido pueblos que no han podido salir de la ignorancia o la opresión, y la inteligencia humana ha sufrido estancamientos o, cuando menos, procesos retardatarios en su desarrollo.
  No debe entenderse que estaremos hablando o que vayamos a reclamar un paternalismo gubernamental como solución para la cultura,  eso no sería sano ni ventajoso, cuando ha ocurrido, generalmente se vuelve una trampa, pues a cambio se solicita la sumisión y se impone la censura. Por suerte o por la naturaleza de la creación, la cultura se impone, a ratos entre más retrógrados han sido quienes ostentan el poder, entre más críticas las situaciones creadas por aquéllos en la sociedad, han surgido con más fuerza movimientos creativos perdurables. Los ejemplos son muchos a través de la historia, pero para no ir muy lejos, al menos en distancia, pensemos en los últimos tiempos del sistema colonial en América y nos referimos a América o Las Américas, no a los Estados Unidos, como se identifica en el viejo continente. Si pensamos en esa etapa final del colonialismo, el español para ser más concreto, aunque es válido a los otros poderes coloniales, justamente cuando llegó al momento más crítico de ese dominio, surgieron, no sólo los movimientos que propiciaron la independencia en el terreno político y militar, si no que en ese momento de caos surgieron y se consolidaron, por ejemplo, las literaturas nacionales, pero aún más terminaron de concretarse las culturas nacionales en la región, las nacionalidades para ser más concreto. De lo que sí estoy hablando es de cómo el poder, en lugar de propiciar el desarrollo cultural de los pueblos como una acción fundamental, suele convertirse en obstáculo. No están los gobiernos para administrar la cultura, ese no es su asunto, pero sí para propiciarla con recursos y medidas expeditas para la creación.
  Nunca antes la cultura había sido agredida desde los grandes centros de poder como ocurre en la actualidad. Desde esos grupos se genera una acción dominante, encubierta casi siempre o, por lo menos, camuflada detrás del mercado y de importantes medios de comunicación. Esa intención dominadora, si no totalmente, ya ejerce influencia global determinante en muchos campos y sectores de la sociedad. Desde allí se crean programas y proyectos de corto, mediano y largo plazo, encaminados a incidir negativamente en el individuo, en las comunidades, en los grupos sociales, con un claro fin de ir aislando al hombre de sus vínculos con la sociedad; individualizarlo en todas sus acciones y, en consecuencia, dominarlo a partir de una pérdida paulatina de su identidad. A esto se prestan muchos gobiernos del planeta, pero sobre todo son protagonistas los grandes monopolios, algunos de los más importantes medios de comunicación e instituciones diversas que en apariencia tienen un contenido social edificante, pero en realidad son instrumentos de penetración y desestabilización que responden a esos centros de poder que actúan ocultos. Son incontables esas instituciones camufladas, fundaciones, centros y otras organizaciones que se difunden como salvadoras del mundo, pero detrás se esconden los más perversos objetivos, aunque perecen la cara hermosa de los monopolios, grupos financieros y otras “bellezas” del poder.
  Hay infinidad de gobernantes manipulados por esos centros de poder a través de grupos e instituciones financieras. Algunos lo ignoran, otros fingen ignorarlo y otros son cómplices activos. Puede que en esto esté el mayor peligro para los hombres comunes, para las comunidades que se empeñan en preservar sus valores y sus raíces. Pero existen otras formas no menos nocivas, aunque menos sofisticadas y con una presencia cotidiana en  nuestros países, en nuestras vidas.
 Desde que la política se convirtió en negocio (no sé si alguna vez dejó de serlo) el poder, en lo que tiene que ver con el servicio público, perdió lo que debía ser su naturaleza. Los cálculos y las conveniencias políticas se han vuelto “movidas”, que le dan rumbo a las administraciones y, en consecuencia, de eso depende el grado en que vuelven su mirada a la cultura. Es ave rara el mandatario que asume la cultura, el arte en particular, como una necesidad del hombre, difícil de encontrar aquél que le da prioridad. Lo común es que a la menor necesidad de hacer ajustes financieros o presupuestarios, el corte insaciable de la tijera empiece por la cultura. Un porcentaje abrumador de los funcionarios, de aquéllos  que ostentan el poder en diferentes niveles en este “maravilloso” Tercer mundo y aún del primero, aunque en menor grado, lo hacen sin la menor intención de trabajar para sus pueblos, acuden con deleite a los puestos, electivos o no, para enriquecerse o, al menos, para hacerse de una fortuna suficiente que les permita en algún momento convertirse en empresarios. Muchos lo hacen simultáneamente. Si no les importan sus pueblos, sus posibles electores y sus comunidades, cómo esperar que se interesen por apoyar la cultura.
  Este asunto tiene diferentes aristas que trataré de ir describiendo, porque el poder, como ya apuntamos tiene niveles diferentes, aunque su nombre sea el mismo. Las cúpulas de poder que forman estos grupos que parecieran sociedades secretas y que ya hemos mencionado son, de alguna forma, el nivel más alto, complejo e invisible del poder, se esconden detrás de los centros financieros, el gran mercado y los medios de comunicación más importantes, entre otros. Allí no se ignora la importancia de la cultura, lejos de eso, la agreden, la subvierten, sutil o descaradamente porque conocen su papel determinante en la sociedad, la localizan como forma especial de ideología y de conocimiento. Por lo tanto resulta adversa a las grandes estrategias de dominación, cuyas principales armas hoy día, no son precisamente las armas de fuego ni las instituciones de represión militar, son la ignorancia y el aislamiento alienante del individuo.
  En cuanto a los gobiernos, otro eslabón del poder, en ciertos países, quieran o no, éstos se ven obligados a propiciar algún tipo de mecanismos y recursos a favor de la cultura, sobre todo países desarrollados, porque la propia sociedad genera una gestión cultural de magnitudes que los obliga. Pero vemos que hasta en países tan desarrollados como Estados Unidos puede verse el fenómeno cultural de forma irregular, dependiendo del Estado o región. Una cosa es Nueva York, Chicago, Boston, Los Ángeles, por poner algunos ejemplos fundamentales, y otra es Florida, digamos. Las diferencias son abismales; en ciertas ciudades el movimiento por la cultura lo empuja, en primera instancia, la sociedad civil y los gobiernos locales y nacionales tienen que generar respuestas. En Florida, cuyo ejemplo, hemos elegido, la cultura es pobre, a ratos inexistente. Allí el mercado parece haberle aplicado una barredora infranqueable a la gestión cultural. La carrera detrás del dólar, las exageraciones en pro de la farándula y las grillas políticas parecen ser las guillotinas donde suelen ir a parar los proyectos culturales serios.
   Pero prefiero referirme al plano del poder que se encuentra en gobiernos de los países en desarrollo, aunque me gusta más decir El Tercer Mundo, para una mejor comprensión. Acá el asunto es otra cosa, cuando bien nos va, aparece en el horizonte un gobernante con cierta sensibilidad, en ese caso, antes de que su mandato se hunda en el laberinto de la pobreza, las desigualdades, las crisis económicas y los reclamos sociales, puede que emprenda alguna obra monumental donde deje cifrado su nombre en letras doradas para que ilumine su período de gobierno. Puede ocurrir que elija con acierto a un funcionario vinculado a la cultura para que se encargue del asunto. Seguramente con presupuestos miserables y sin muchas perspectivas de desarrollo, pero si la persona elegida es adecuada, se vivirá entonces un período más o menos aceptable, que siempre estará colgando de lo que vendrá después. Lo más frecuente es que ni el gobernante ni su representante en la cultura tengan voluntad de acercarse al fenómeno con conocimiento de causa y un espíritu emprendedor en este campo. Por lo regular la cultura les importa un bledo y la sustituyen con ciertos espectáculos que hagan un poco de bulla y cree en la población el espejismo de una acción cultural edificante y una gestión política benéfica. No digo que el espectáculo nada tenga que ver con la cultura, algo tiene, pero sólo eso; algo. Suficiente para los administradores del gobierno y la política, que al modo de los romanos tienen la convicción de que para el pueblo; pan y circo. Ni siquiera se han enterado de que la cultura es el medio mejor de legar sus huellas (si son amables, claro), a la posteridad. Probablemente la única acción que los consagre y los mantenga en el recuerdo de la gente.
  Hay en la historia algunos ejemplos de hombres que desde el poder propiciaron movimientos culturales que los consagraron. Pericles, digamos, viene desde la antigüedad griega como un destello de progreso imborrable, muchos lo identifican apenas con la democracia que esa sociedad llevó a niveles inconcebibles para la época, pero el esplendor de la cultura que exhibió la Grecia de entonces fue reflejo de aquel excepcional proceso político, que a su vez fue la imagen de lo que ocurría en la cultura. Veinticinco siglos después valdría preguntarse ¿qué ha sido de aquella Grecia floreciente, madre de la cultura occidental? La respuesta es fácil, examínense las características del poder que ha conducido los destinos de aquel territorio durante poco más de dos mil quinientos años. Véase lo que sucede hoy en la Grecia del recuerdo.
  Pero volvamos al presente, al de Hispanoamérica, al tiempo peor, según apreciaría Manrique. Acá la cultura y el poder hacen malabares, se miden a distancia, se acarician de vez en cuando y finalmente parecen antagónicos, aunque no se declaren la guerra. No hay cosa más antagónica en nuestras sociedades que un buen artista y un mal funcionario; estos últimos son mayoría abrumadora, pero la fugacidad a que perecen condenados por la historia y su desprecio por la cultura los vuelve insignificantes ante la estatura de un buen creador.  Sin embargo, los intelectuales y artistas se ven sometidos, con frecuencia, a la “buena voluntad” de esos hombres.
 Dicho de otra manera, la distancia entre la filosofía del poder en este tercer mundo y la creación, que incluye el pensamiento abstracto, es verdaderamente insondable. El hombre de la cultura se ve obligado a un extraño juego con las autoridades que pareciera decir al modo de Cintio Vitier: “no creas que porque simulo creo en tu simulación”.      
   Los hombres de la cultura se ven obligados a mantener ese juego a toda costa, para solicitar apoyos, porque la cultura cuesta. Si el empeño consiste en crear una institución cultural es en extremo costoso, pero para un funcionario común es más importante un Walmart, no importa si ese supermercado está guillotinado a los pequeños comerciantes e introduciendo los vicios y alienaciones del gran mercado, en su esencia perverso, que terminan “dándole en la torre”, no sólo a la pequeña empresa, también a la identidad. El supermercado para ellos es signo de progreso, la institución cultural es puro capricho de artistas e intelectuales, que cuando menos son criaturas peligrosas. Me estoy acercando aquí a lo que ocurre cotidianamente en las provincias o Estados y municipios, aunque vuelvo a hacer la salvedad de que toda generalización es falsa, porque conozco las excepciones. Lo que pasa es que, por lo regular, hablarle a un presidente municipal de la cultura es como hablarle del cosmos, sólo que la cultura les resulta tan incomprensible como aquél, pero más nociva. En el mejor de los casos entienden la cultura como bulla, carnaval, pachanga. Reflexionar con determinados alcaldes sobre el papel de la cultura en la sociedad es como recoger alpistes en el Océano Atlántico. Si alguien o alguna institución quieren hacer alguna cosa seria culturalmente en su demarcación, inmediatamente lo convierten en sospechoso, latoso o loco. Pueden incluso hacer compromisos de apoyo que luego desentienden. Huyen, se esconden de los locos que quieren distraer su atención hacia algo tan “innecesario” como la cultura. Conozco a artistas y promotores que se han pasado meses haciéndoles antesala a funcionarios de quinta categoría para que les oigan una propuesta importante. Sin embargo, cualquier proyecto moderno que piense en cambios, progresistas, verdaderos, en el desarrollo real y en la limpieza de la sociedad, tiene que situar como columna vertebral a la cultura; así de simple.
   Con frecuencia vemos que cuando un funcionario quiere congraciarse con sus comunidad, gasta enormes cantidades de dinero para llevar a artistas de la farándula, contra los que no tengo nada, para que les hagan bulla, no cuestionen y les sirva para tomarse una foto, que puede serle útil incluso para escalar el nuevo paso en la pirámide de  la política. Por ejemplo, dejar de ser presidente de un municipio para hacerse diputado, de manera que el negocio no se afecte, sino que siga su paso ascendente al enriquecimiento.
  Los intelectuales, artistas y promotores culturales se desgarran en este correteo impiadoso hasta ver si se encuentran con un funcionario sensible, cosa no muy frecuente. Se hacen proyectos importantes que resolverían grandes problemas sociales y realizarían sueños de los desposeídos, pero muchas veces los señores diputados son los “ángeles” a quien hay que implorarles para ver si aprueban el tuyo, aunque por lo regular esto está condicionado a cierto cabildeo de especialistas en tales menesteres, no a la magnitud y seriedad de tal o cual propuesta.
  En fin, que todas estas vicisitudes están más allá de cualquier análisis conceptual sobre el papel la cultura, del artista o del intelectual en la sociedad. En el terreno de las ideas este asunto se torna de primer nivel para el análisis del desarrollo y los cambios cualitativos de las sociedades, pero he querido acercarme a esta parte pedestre que supera cualquier intento teorizante. Ni Platón, ni Hegel ni todas a las escuelas filosóficas que se registran en la historia podrían desentrañar el problema que representa la relación actual entre poder y cultura.
   Claro que mientras miles de talentos se frustran, mientras las editoriales se vuelven coto limitado, de acceso único para quienes tienen buenos amigos allá dentro o un expediente que los convierta en buen producto para el mercado, lo que se repite de alguna forma en otras especificidades de la creación, existe un cierto coqueteo del poder con un número reducido de artistas e intelectuales convenientes. Ciertas figuras que los visten, que les permite crear el espejismo de que son proclives al apoyo incondicional a la cultura. En cierto sentido hay una intención de convertirlos en orgánicos, en defensores a ultranza de su sistema y su gobierno, pero ineludiblemente les sirve para las fotos que los medios se apresuran a publicar. El intelectual honesto o el artista, no tiene otra cosa mejor que aceptar el coqueteo, aunque vuelva a decir mientras detiene el “galope” del corazón con la mano diestra: “no creas que porque simulo creo en tu simulación.”   
   Históricamente el intelectual y el artista, ya que hemos venido haciendo esta distinción sigamos con ella, que por su uso constante resulta conveniente, aunque no siempre sea fácil distinguir donde termina uno y empieza el otro, pero decía que éstos históricamente han desempeñado un papel de vanguardia, sin importar su filiación ideológica, ese ha sido su papel. Balzac que perteneció la clase retrógrada de su tiempo (la nobleza), no dejó de desempeñar ese papel; aún cuando cuestionaba a su clase social con fines defensivos, digamos, estaba develando sus carencias, su naturaleza, su presencia retardataria en la sociedad cambiante. De manera que los intelectuales, visto de manera más incluyente dentro del mundo del pensamiento y la creación, van como abriendo el camino, se adelantan a su tiempo y definen rumbos, prevén los cambios y de alguna manera los anuncia con antelación. Ese papel, de pronóstico podríamos decir, aunque no  siempre ocurre conscientemente, define con mayor claridad el papel insustituible del creador y el hombre de pensamiento en la sociedad, que no por mencionarlo por separado los estoy separando, con frecuencia son los mismo. Tampoco es certero dejar de reconocer que existen intelectuales, artistas y pensadores proclives al poder; les gusta su sombra y el coqueteo, deseado y conveniente para ambas partes,  es sin simulaciones.
  Un intelectual agudo y crítico espanta más a ciertos políticos y funcionario que un huracán categoría tres. Por eso es tan difícil de armonizar el papel de uno y otro en la sociedad, sin embargo, cuando coinciden en intenciones y alcance de su visión del mundo, se propicia que las sociedades florezcan y perduren. Pero es tan raro ese caso en estos tiempos, donde los gobernantes están como atados por un cordón umbilical al mercado y los centros financieros o simplemente apegados a su propio poder, como si les hubiese sido asignado por los dioses, que por eso se localizan cada vez más sociedades en crisis y tan pocas son las que florecen.   
  Si se tratase de ver las diferencias entre cultura y poder, ya que semejanzas son casi inexistentes, habría simplemente que echarle una mirada a la historia. La cultura, viéndola ahora en forma amplia, registra las grandezas del hombre, sus acciones edificantes, sus huellas imborrables que se encuentran en cada concreción cultural, o lo que es lo mismo o parecido,  en las culturas nacionales y regionales, para no limitarnos a los monumentos culturales de la humanidad. Las obras arquitectónicas, literarias, artísticas en general, recogen los grandes aportes del hombre, donde habría que incluir los adelantos tecnológicos y científicos, pero cuando hablamos de cultura humanística allí, en la creación se encuentra lo más elevado de la condición humana registrada en el tiempo.
  El poder, sin embargo, las luchas por conquistarlo y mantenerlo, exhibe millones y millones de muertos a lo largo de la historia, pero no podemos verlos solamente como muertes sin calificativos. Esas muertes están revestidas de abusos, crueldades, miserias y las violaciones más atroces a la condición y los derechos del hombre. El poder ha generado todo tipo de desigualdades, odios, corrupción y engaños. Eso ha ocurrido desde las más antiguas agrupaciones tribales hasta el día de hoy, sólo que cada vez han sido más abominables, aunque sus formas de ocultamiento sean más sofisticadas. Si convenimos en que la historia es también parte de la cultura, aceptemos entonces que esa es la parte horrible de la cultura. La que nada tiene que ver con lo humanístico y sí con el lado bárbaro de la condición humana.
  En la praxis social la cultura y el poder se presentan como dicotomía, extraña forma en que dos partes diferentes en su esencia se incluyen ineludiblemente, justamente por esa forma esencial de contraponerse tienen una relación de determinado grado que a ratos pareciera consustancial, como si estuviésemos hablando del mal y el bien, como valores eternamente humanos. En ambas cosas se expresan características propias de la condición del hombre. El poder se expresa como dominio que genera y hace aflorar las más insondables y grotescas cualidades. En la política, por ejemplo, que está ligada al ejercicio del poder se establecen, un poco como normas o como éticas internas, aunque  contrarias a la ética que edifica, la ausencia de escrúpulo, la mentira y el engaño para ascender al poder. Tenemos entonces que la condición competitiva, que es propia de la condición humana, es en este sentido sombría y en la historia aparece como acción que devela las peores cualidades humanas.
  La cultura no sería el factor de contraposición eterno a esas cualidades que afloran entorno al poder si no tuviera también una esencia competitiva. Porque el hombre es un ente competitivo, pero esta dimensión de la competencia es precisamente la que ha condicionado el desarrollo de la sociedad y ha permitido que la humanidad avance, sin que el poder aplaste las más nobles aspiraciones de las personas, generalmente reflejadas en el acto de la creación cultural. Ya habíamos señalado el papel de vanguardia del intelectual, que consiste justamente en adelantarse a las aspiraciones, a veces inconscientes de la sociedad.
  Platón, por ejemplo, abogaba para que los intelectuales, los hombres sabios, asumieran el poder; habría que preguntarse si tal cosa sería posible o si es qué esos hombres de la cultura al asumir el poder, no perderían de inmediato su condición vanguardia, de creadores de valores humanos positivos. Algunos ejemplos se registran en la historia y no siempre han sido favorables, porque en el enfrentamiento bien-mal, que podemos identificar aquí como cultura-poder, ha vencido la parte indeseable, el mal.
  Podemos inferior entonces que la fuerza de la cultura se expresa en su capacidad de oponerse a las acciones destructivas o retardatarias que suelen generarse desde el poder político y administrativo. Dicho de otro modo, la única forma posible de modificar la condición negativa del poder, según se registra en las historia, está precisamente en la cultura, que finalmente opera como adversa a la esencia misma de aquél.        
  Veamos finalmente como ambos lenguajes se contraponen; mientras que el discurso de la cultura es creativo, encaminado a la reafirmación de valores estéticos que buscan modificaciones constructivas de la condición humana, el discurso político, el del poder, suele ser engañoso, oportunista encaminado a producir expectativas falsas que terminen confundiendo el imaginario de las multitudes para conducirlas a una especie de obediencia ignorada. El primero es edificante, el segundo, cuando menos, suele ser alienante.    
 
   
    


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